UNA ANCIANA ENCONTRÓ SIETE HUEVOS GIGANTES EN LA CUEVA DONDE DESAPARECIÓ SU HIJO… PERO AL LEVANTAR UNO, ESCUCHÓ UNA VOZ DETRÁS DE ELLA: «MAMÁ, DEVUÉLVELO»

El agua caía del techo de la cueva con la regularidad de un reloj. Teresa Navarro avanzaba inclinada, sosteniendo una linterna en la mano derecha y apoyando la izquierda contra la pared húmeda. A sus sesenta y nueve años ya no tenía la fuerza de antes, pero llevaba tres meses esperando aquel momento.
Tres meses desde que su hijo Alejandro desapareció bajo la montaña.
Los equipos de rescate habían abandonado la búsqueda después del derrumbe. La policía habló de un accidente y la universidad declaró muertos a los cuatro miembros de la expedición. Teresa nunca aceptó aquella conclusión. No había cadáveres, mochilas ni restos del equipo científico.
Solo silencio.
Una semana antes, encontró un sobre bajo la puerta de su casa. Dentro había unas coordenadas, una pequeña escama oscura y una frase escrita con la letra de Alejandro:
“Si escuchas respirar a la montaña, no enciendas más de una luz”.
Teresa siguió las coordenadas hasta una grieta oculta entre las rocas del norte de Asturias. Descendió durante casi dos horas antes de llegar al estrecho túnel donde ahora se encontraba.
Entonces la linterna iluminó algo imposible.
En mitad del paso había un gran nido formado por raíces secas, hierba y ramas. Dentro descansaban siete huevos ovalados, cada uno casi tan alto como su torso. Sus superficies presentaban manchas irregulares de color verde oliva, marrón y ocre.
Teresa se detuvo.
—¿Qué es eso?
Se acercó un paso. Las botas se hundieron en el barro y varias piedras rodaron bajo sus pies. El haz de luz recorrió lentamente los cascarones. No se parecían a los huevos de ninguna especie conocida. No eran fósiles ni formaciones minerales. La humedad se condensaba sobre ellos como sobre la piel de un animal vivo.
Se agachó junto al nido.
—Son huevos… pero ¿de qué?
Dejó la linterna en el suelo y apoyó ambas manos sobre el más cercano.
La superficie estaba caliente.
Teresa retiró los dedos por instinto. En aquella parte de la cueva la temperatura apenas superaba los ocho grados, pero el cascarón parecía conservar el calor de un cuerpo. Volvió a tocarlo. Esta vez creyó sentir una pulsación leve bajo la superficie.
Dominada por la curiosidad, lo levantó cuidadosamente.
—Está caliente.
Una piedra crujió detrás de ella.
Después se oyó una respiración profunda procedente del túnel oscuro.
Teresa quedó inmóvil con el huevo entre las manos. Unas gotas de agua cayeron desde el techo sobre su cabello. Giró la cabeza lentamente.
—No estoy sola.
—Mamá, devuélvelo.
Teresa reconoció aquella voz antes de ver el rostro.
Un hombre muy delgado salió de una grieta lateral. Llevaba la ropa cubierta de barro, una venda oscura alrededor del brazo y una barba de varias semanas. Sus ojos estaban hundidos por el cansancio, pero seguían siendo los mismos que Teresa había visto crecer.
—¿Alejandro?
El huevo estuvo a punto de resbalarle.
Su hijo levantó ambas manos.
—No te muevas bruscamente. Colócalo exactamente donde estaba.
Teresa quiso correr hacia él, abrazarlo y exigirle una explicación. Sin embargo, la expresión de Alejandro la detuvo. No miraba a su madre, sino a la oscuridad situada detrás de ella.
Algo enorme raspó la pared.
—¿Qué hay ahí? —preguntó Teresa.
—La madre.
Alejandro señaló el nido.
—Cuenta los huevos.
—Siete.
—Si falta uno, atacará.
Teresa se arrodilló y devolvió el huevo a su lugar. Alejandro le indicó que lo girara hasta que la mancha más oscura quedara orientada hacia arriba. Cuando terminó, una corriente de aire caliente recorrió el túnel.
No era viento.
Era una exhalación.
Teresa sintió el aliento sobre la nuca. Cerró los ojos y contuvo la respiración. Algo pesado se desplazó detrás de ella. Las piedras temblaron, pero la criatura no la tocó.
Alejandro se llevó un dedo a los labios.
Durante varios segundos solo se escuchó el agua.
Finalmente, el peso se alejó hacia las profundidades.
Teresa se puso en pie y abrazó a su hijo. Alejandro apenas tuvo fuerzas para responder. Ella le tocó el rostro, los hombros y las manos, como si necesitara comprobar que no era una ilusión.
—Pensé que estabas muerto.
—Eso querían que pensaras.
—¿Quiénes?
Alejandro recogió la linterna.
—Tenemos que marcharnos antes de que regresen.
La condujo por una abertura estrecha detrás del nido. Teresa avanzó pegada a él hasta llegar a una pequeña cámara donde había mantas, latas vacías y varios recipientes para recoger agua. Alejandro había sobrevivido allí durante semanas.
En el suelo descansaba una radio destrozada.
—La expedición no sufrió un accidente —explicó—. Encontramos el nido durante el segundo día. El director del proyecto, Esteban Ibarra, ordenó llevarnos uno de los huevos.
Teresa conocía aquel nombre.
El doctor Ibarra había trabajado con su marido, Rafael, antes de que este muriera en un supuesto accidente de laboratorio treinta y cinco años atrás.
—Esteban dijo que debíamos estudiarlo —continuó Alejandro—. Pero no trabajábamos para la universidad. La expedición había sido financiada por Helix Biológica. Querían los embriones.
—¿Qué les ocurrió a tus compañeros?
Alejandro guardó silencio.
—Intentaron sacar un huevo. La criatura bloqueó la salida. Ibarra hizo detonar explosivos para abrir otro túnel. El derrumbe mató a dos investigadores. El tercero consiguió escapar con él.
—¿Y tú?
—Devolví el huevo.
Alejandro le mostró varias cicatrices profundas en el brazo.
—La madre pudo matarme, pero me dejó vivir. Desde entonces he protegido el nido.
Teresa recordó el sobre.
—Tú me enviaste las coordenadas.
El rostro de Alejandro cambió.
—No.
—La nota tenía tu letra.
—Mi transmisor se rompió durante el derrumbe. No he podido comunicarme con nadie.
Un ruido metálico resonó en la distancia.
Luego aparecieron luces blancas al otro lado del túnel.
Alejandro apagó la linterna.
—Nos han seguido.
Voces masculinas se aproximaron. Teresa reconoció inmediatamente una de ellas.
—Señora Navarro —llamó el doctor Ibarra—. Sabemos que ha encontrado a su hijo. No queremos hacerles daño.
Alejandro empujó a Teresa hacia una abertura inferior.
—Arrástrate y no mires atrás.
—No voy a perderte otra vez.
—Si nos quedamos, nos perderás a los dos.
Teresa entró en el pasadizo. Alejandro se arrastró detrás de ella y cubrió la abertura con ramas. Segundos después, los hombres llegaron al nido.
—Hay siete —dijo uno.
—Entonces el muchacho devolvió el que tomamos —respondió Ibarra—. Preparad los contenedores.
Teresa sintió que Alejandro tensaba todo el cuerpo.
—Van a robárselos —susurró.
—Eso es lo que quieren que parezca.
—¿Qué significa?
Antes de que pudiera responder, uno de los hombres gritó. Un golpe sacudió la cueva y todas las luces se apagaron. Se escucharon disparos, ramas rompiéndose y una respiración grave que hizo vibrar las paredes.
Alejandro agarró la mano de su madre.
—Ahora.
Ambos se arrastraron hasta otro túnel. Detrás de ellos, los hombres pedían ayuda. Teresa quiso detenerse, pero Alejandro tiró de ella.
Después de varios minutos llegaron a una cámara mucho más amplia.
Aquello no era una formación natural.
Había una puerta metálica oxidada incrustada en la roca. Sobre ella podía leerse:
“PROYECTO NIDO — ACCESO RESTRINGIDO”.
Teresa sintió un escalofrío.
—Ese proyecto se cerró antes de que tú nacieras.
—Eso te hicieron creer.
Alejandro abrió la puerta utilizando una tarjeta manchada de barro. Dentro encontraron un laboratorio abandonado. Había cristales rotos, incubadoras vacías y archivadores cubiertos de polvo.
En una pared colgaban fotografías tomadas décadas atrás.
Teresa se acercó.
En la primera aparecía Rafael, su difunto marido, junto al doctor Ibarra. En la segunda, ambos sostenían un cascarón idéntico a los del nido. La última fotografía mostraba a una Teresa mucho más joven cargando a un recién nacido.
Era Alejandro.
Debajo de la imagen había una inscripción:
“ESPÉCIMEN A-1. PRIMERA ECLOSIÓN VIABLE. CUSTODIA ASIGNADA: TERESA NAVARRO”.
Teresa retrocedió.
—Esto es falso.
Alejandro no respondió.
Encontró un viejo reproductor y conectó una batería portátil. Una pantalla cubierta de polvo se encendió. Rafael apareció en una grabación fechada treinta y cuatro años antes.
“Si Teresa está viendo esto, significa que Ibarra ha encontrado el nido. Debes decirle la verdad. Alejandro no nació en un hospital. Fue el primero de ocho embriones creados con material genético extraído de la criatura”.
Teresa miró a su hijo.
—¿Qué eres?
Alejandro bajó los ojos.
—Soy tu hijo.
—Eso no responde a mi pregunta.
—Tú me criaste, me protegiste y me enseñaste a ser humano. Es lo único que importa.
La grabación continuó:
“Los otros siete embriones permanecen dormidos. Solo reaccionan ante dos señales biológicas: la sangre de Alejandro y la voz de Teresa”.
Un estruendo golpeó la puerta del laboratorio.
Ibarra había encontrado la cámara.
—¡Teresa! —gritó desde fuera—. Tu hijo no te ha traído aquí para rescatarlo. Te necesita para despertar a los demás.
Alejandro negó con la cabeza.
—No lo escuches.
—¿Por qué había una nota con tu letra?
—No lo sé.
—¿Y por qué conocías este laboratorio?
Alejandro abrió la boca, pero no llegó a responder.
Desde el túnel surgió un sonido seco.
Crac.
Después otro.
Crac.
Teresa regresó hasta la entrada y miró hacia el nido. A lo lejos, bajo las luces abandonadas por los hombres de Ibarra, los siete huevos comenzaron a moverse al mismo tiempo.
Una grieta apareció en el cascarón que ella había sostenido.
Del interior salió una voz débil, imposible y perfectamente humana:
—Mamá.
Teresa dejó de respirar.
Alejandro se colocó detrás de ella.
—Yo no envié la nota —susurró—. La enviaron ellos.
Las siete voces repitieron la misma palabra desde la oscuridad:
—Mamá… mamá… mamá…
Ibarra volvió a golpear la puerta.
—¡No les contestes, Teresa! Si reconocen tu voz, despertarán por completo.
Ella miró a Alejandro y descubrió algo que no había visto antes.
Bajo la piel de su cuello se desplazaba lentamente el mismo dibujo verde y ocre que cubría los cascarones.
Alejandro le tomó la mano.
—Tienes que elegir —dijo—. Abrir la puerta y entregarnos a Ibarra… o responderles y descubrir por qué papá murió intentando mantenerlos dormidos.
Desde el túnel llegó una respiración mucho más profunda.
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La madre de los huevos había regresado.
Y esta vez no estaba sola.