VÍCTOR HUMILLÓ A ELENA POR SU CUERPO Y LA ABANDONÓ ANTES DE LA GALA… PERO CUANDO UN COCHE NEGRO LLEGÓ A BUSCARLA, DESCUBRIÓ QUE HABÍA DESPRECIADO A LA MUJER QUE PODÍA DESTRUIR SU IMPERIO

PARTE 1: LA MUJER DEL VESTIDO VERDE
Elena Morales salió del dormitorio conteniendo la respiración. El vestido verde esmeralda que llevaba puesto le había costado tres meses de ahorros y varias noches de dudas frente al espejo. Se ajustaba a sus curvas, caía hasta el suelo y dejaba al descubierto una de sus piernas al caminar. No tenía el cuerpo que aparecía en las revistas que Víctor dejaba sobre la mesa, pero aquella noche se sentía hermosa.
O, al menos, se había sentido así hasta que él la miró.
Víctor Salazar estaba frente al gran espejo del salón, ajustándose la corbata azul marino. Era un hombre elegante, ambicioso y consciente del efecto que producía al entrar en una habitación. Esa noche asistiría a la gala anual de la Fundación Alcázar, el acontecimiento empresarial más importante de Madrid.
Durante semanas le había prometido a Elena que irían juntos.
Ella se acercó sonriendo y abrió ligeramente los brazos.
—¿Qué te parece? Estoy lista para la gala.
Víctor se volvió. Sus ojos recorrieron lentamente el vestido, la cintura de Elena y sus caderas. No había admiración en su expresión. Solo una mezcla de irritación y desprecio.
—No irás conmigo vestida así. Me avergonzarías.
Elena sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies.
—¿Qué has dicho?
—Has oído perfectamente. Estarán los accionistas, los periodistas y las familias más importantes del país. No puedo aparecer contigo de esta manera.
Elena bajó la mirada hacia el vestido.
—Pero tú lo elegiste conmigo.
—Elegí el color. No imaginé cómo te quedaría.
Las palabras le hicieron más daño que una bofetada. Elena levantó los ojos, ya llenos de lágrimas.
—Me prometiste que iríamos juntos.
Víctor soltó un suspiro impaciente.
—También te prometí muchas cosas antes de comprender que no encajas en mi futuro.
Se puso la chaqueta, recogió las llaves y caminó hacia la puerta. Antes de salir, se volvió una última vez.
—No me esperes despierta. Después de esta noche, quizá sea mejor que busques otro lugar donde vivir.
La puerta se cerró.
Elena permaneció inmóvil en medio del salón. Había dedicado siete años a aquel hombre. Lo había acompañado cuando no tenía dinero, cuando su primera empresa quebró y cuando ningún banco confiaba en él. Incluso había vendido las pocas joyas de su madre para ayudarlo a fundar Salazar Internacional.
Ahora Víctor se avergonzaba de ser visto con ella.
Elena salió de la casa porque necesitaba respirar. La noche estaba fría, pero no quiso ponerse un abrigo. Caminó hasta la acera con el vestido verde rozando el pavimento y dejó que las lágrimas descendieran por sus mejillas.
Entonces vio el coche.
Un sedán negro de lujo esperaba bajo una farola. Junto a la puerta trasera había un hombre de cabello gris, barba cuidadosamente recortada y traje negro. A sus pies descansaba una pequeña maleta plateada.
El desconocido la observó con una emoción contenida.
—Señora Elena, por fin la hemos encontrado.
Elena retrocedió.
—Debe de confundirme con otra persona.
—No existe ninguna confusión.
El hombre abrió la puerta del automóvil e inclinó respetuosamente la cabeza.
—Mi nombre es Rafael Alcázar. Su verdadera familia lleva años esperándola.
El apellido la dejó paralizada. Alcázar era también el nombre de la fundación que organizaba la gala. La misma gala a la que Víctor acababa de negarse a llevarla.
—Yo no tengo otra familia —murmuró—. Mi madre murió cuando yo era niña.
—La mujer que la crió fue su madre en todos los sentidos importantes. Pero no fue quien le dio la vida.
Don Rafael abrió la maleta solo unos centímetros y extrajo una fotografía antigua. En ella aparecía una joven extraordinariamente parecida a Elena, vestida de blanco y abrazada a un hombre frente a una enorme finca.
—Se llamaba Isabel Alcázar —explicó—. Era mi hermana.
Elena tomó la fotografía con manos temblorosas.
—¿Qué está intentando decirme?
—Que usted es la única hija de Isabel y la heredera legítima del Grupo Alcázar.
Elena soltó una risa nerviosa.
—Esto es absurdo. ¿Por qué aparecer ahora?
Don Rafael cerró la maleta.
—Porque durante treinta años alguien se aseguró de que creyéramos que usted había muerto. Hace dos semanas encontramos una carta escondida por su madre adoptiva. La carta contenía su nombre, su fecha de nacimiento y una muestra de cabello que permitió confirmar su identidad.
—¿Confirmarla cómo?
—Mediante una prueba genética.
Elena lo miró horrorizada.
—¿Entraron en mi casa?
—No. Obtuvimos la muestra de una copa utilizada por usted durante una recepción benéfica. Sé que fue una decisión cuestionable, pero necesitábamos estar seguros antes de acercarnos.
Don Rafael le tendió la mano.
—Esta noche la familia anunciará que la heredera ha sido encontrada.
Elena miró hacia la calle por la que había desaparecido el automóvil de Víctor.
—Él va a esa gala.
—Lo sé.
La respuesta fue demasiado rápida.
—¿Conoce a Víctor?
La expresión de Don Rafael se endureció.
—Su pareja ha solicitado una inversión de ochenta millones de euros al Grupo Alcázar. El consejo decidirá esta noche si salva su empresa de la quiebra.
Elena sintió un escalofrío.
Víctor le había dicho que su compañía atravesaba su mejor momento. Sin embargo, durante los últimos meses había recibido llamadas a medianoche, escondía documentos y se enfurecía cuando ella preguntaba por las cuentas.
—¿Por qué no me contó nada?
—Porque necesitaba parecer estable ante nuestros inversores. Y porque, según los documentos que hemos encontrado, lleva años utilizando dinero que legalmente le pertenece a usted.
Don Rafael volvió a abrir la puerta del coche.
—Puede regresar a esa casa y fingir que nada ha sucedido. O puede acompañarme y descubrir quién le robó su nombre.
Elena apretó la fotografía contra el pecho. Después miró su reflejo en la ventanilla: el maquillaje corrido, los ojos rojos y el vestido que Víctor consideraba una vergüenza.
Aceptó la mano de Don Rafael y entró en el vehículo.
Pero antes de que él cerrara la puerta, Elena hizo una pregunta:
—¿Quién dijo que yo había muerto?
Don Rafael guardó silencio durante varios segundos.
—El padre de Víctor Salazar.
PARTE 2: LA HEREDERA QUE TODOS CREÍAN MUERTA
Cuando Elena llegó al Palacio de Alcázar, la gala ya había comenzado. Decenas de empresarios conversaban bajo lámparas de cristal mientras los periodistas esperaban el anuncio de la familia. Ella quiso entrar por una puerta lateral, pero Don Rafael negó con la cabeza.
—Se escondió durante treinta años sin saberlo. Esta noche no volverá a esconderse.
Las puertas principales se abrieron.
Elena cruzó el salón con el vestido verde esmeralda y la cabeza levantada. Algunas personas la reconocieron como la pareja de Víctor; otras se quedaron mirando la asombrosa semejanza entre ella y el retrato de Isabel Alcázar que presidía la escalera.
Víctor estaba junto a un grupo de inversores. Al verla, palideció.
Se acercó rápidamente y la sujetó del brazo.
—¿Qué haces aquí? Te dije que no vinieras.
Elena apartó su mano.
—Y yo decidí dejar de obedecerte.
—Estás haciendo el ridículo. Vuelve a casa antes de que alguien importante te vea.
—Demasiado tarde —dijo Don Rafael, situándose junto a ella.
Víctor reconoció al presidente del Grupo Alcázar y cambió inmediatamente de expresión.
—Don Rafael, disculpe. Mi pareja está pasando por un momento emocional complicado.
—Su pareja tiene nombre.
Un silencio incómodo cayó alrededor de ellos.
Víctor sonrió con nerviosismo.
—Por supuesto. Elena Morales.
—No —respondió Don Rafael—. Elena Isabel Alcázar.
Los murmullos se propagaron por el salón. Víctor miró a Elena, después a Don Rafael y finalmente al retrato de la escalera.
—Esto debe de ser una broma.
Don Rafael hizo una señal. Un abogado se acercó con una carpeta sellada.
—Las pruebas genéticas han confirmado que Elena es hija de Isabel Alcázar. Según el testamento de su abuelo, le corresponde el cincuenta y uno por ciento de las acciones del grupo.
El rostro de Víctor perdió todo color.
—Elena, cariño, tenemos que hablar en privado.
—Hace una hora no querías que te vieran conmigo.
—Estaba nervioso. Dije cosas horribles, pero podemos solucionarlo.
—¿También podemos solucionar los tres millones de euros que retiraste de una cuenta abierta a mi nombre?
Víctor dejó de sonreír.
Don Rafael colocó la maleta plateada sobre una mesa y la abrió. Dentro había contratos, extractos bancarios y cartas antiguas. Uno de los documentos llevaba la firma de Ernesto Salazar, padre de Víctor y antiguo abogado de la familia Alcázar.
Treinta años atrás, Ernesto había falsificado un certificado de defunción y entregado a la recién nacida Elena a una enfermera llamada Carmen Morales. Después se apoderó de un fideicomiso destinado a la niña. Años más tarde, parte de ese dinero sirvió para levantar la primera empresa de su hijo.
—Víctor no sabía nada de lo ocurrido cuando era niño —explicó Don Rafael—, pero hace siete años encontró los documentos de su padre.
Elena comprendió entonces por qué Víctor se había acercado a ella. No había sido una casualidad. Él conocía su identidad desde el principio.
—¿Te enamoraste alguna vez de mí? —preguntó.
Víctor miró a los periodistas que comenzaban a rodearlos.
—Claro que sí.
—Entonces dime dónde nos conocimos.
—En una cafetería.
—No. Nos conocimos en el archivo municipal. Yo buscaba el certificado de defunción de mi madre adoptiva y tú estabas revisando los registros de los Alcázar.
Víctor dio un paso atrás.
Elena había recordado aquel detalle al ver la firma de Ernesto. Todo encajaba: la rapidez con la que Víctor se ganó su confianza, su insistencia en administrar sus cuentas y los documentos que le pedía firmar sin permitirle leerlos.
—Te acercaste a mí para vigilarme —dijo ella—. Querías asegurarte de que nunca descubriera quién era.
—Al principio sí —confesó Víctor en voz baja—. Pero después todo cambió.
—No. Lo único que cambió fue que empezaste a avergonzarte de la mujer a la que estabas robando.
Víctor intentó marcharse, pero dos agentes de seguridad bloquearon su camino. Los periodistas fotografiaron cada segundo mientras el abogado anunciaba que el Grupo Alcázar denunciaría a Salazar Internacional por fraude, apropiación indebida y falsificación documental.
Don Rafael le entregó a Elena una pluma.
—Si firma aquí, la inversión de ochenta millones queda cancelada.
Víctor cayó de rodillas.
—Elena, si haces eso, perderé todo.
Ella lo contempló sin satisfacción. Horas antes, aquella frase habría destrozado su corazón. Ahora solo veía a un extraño vestido con el traje de un hombre al que había amado.
—No vas a perderlo todo —respondió—. Vas a devolver lo que nunca fue tuyo.
Elena firmó.
Víctor fue escoltado fuera del salón entre cámaras y murmullos. Sin la inversión, su empresa sería declarada insolvente al amanecer. Pero antes de desaparecer tras las puertas, se volvió hacia Elena.
—¡Rafael no te ha contado toda la verdad! ¡Pregúntale quién ordenó que te sacaran de aquella casa!
Don Rafael permaneció inmóvil.
Elena lo miró.
—¿A qué se refiere?
Por primera vez desde que se conocieron, el anciano pareció asustado.
Elena se acercó a la maleta plateada y apartó los documentos. Debajo encontró un sobre amarillento con una frase escrita a mano:
“Para mi hija Elena, cuando finalmente regrese”.
Reconoció la letra de la fotografía que Don Rafael le había mostrado. Era una carta de Isabel, su madre biológica.
—Dijo que mi madre murió poco después de mi nacimiento.
—Eso creíamos —contestó Don Rafael.
—¿Creíamos?
Elena abrió el sobre. Dentro había una carta fechada apenas seis meses atrás.
Solo alcanzó a leer la primera línea:
“Hija mía, si estás leyendo esto, Rafael ha cumplido su promesa, pero todavía no debes confiar en él”.
Elena levantó la vista.
Don Rafael ya no estaba a su lado.
Las puertas de la gala permanecían abiertas y, en el exterior, el coche negro había desaparecido. También faltaba el segundo compartimento de la maleta, aquel que Don Rafael nunca le había permitido tocar.
Entonces el teléfono del abogado sonó. El hombre atendió, escuchó durante unos segundos y miró a Elena con terror.
—Señora Alcázar, la policía acaba de localizar a su madre.
Elena sintió que el corazón se detenía.
—¿Está viva?
—Sí. Pero afirma que Don Rafael no vino esta noche para devolverle su herencia.
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El abogado tragó saliva antes de continuar:
—Vino para impedir que usted descubriera quién asesinó realmente a su abuelo.