TODOS SE RIERON DE LA ANCIANA MILITAR… PERO CUANDO ELENA SE PUSO LOS GUANTES, EL INSTRUCTOR MIRÓ SU INSIGNIA Y ORDENÓ: «¡TODOS FIRMES!»

—Ahora me toca a mí.
Elena Vargas terminó de ajustar el guante derecho.
El cuero negro crujió en el silencio.
Hacía apenas unos segundos, las carcajadas llenaban la sala de entrenamiento.
Ahora nadie reía.
Frente a ella, el capitán Marcos Reyes la observaba con los brazos cruzados.
Era casi treinta años más joven.
Más alto.
Más pesado.
Y probablemente el hombre más respetado de aquella unidad.
—Señora —dijo Marcos—, esto es una instalación militar. No un gimnasio para veteranos.
Javier soltó una risa desde el fondo.
Elena no lo miró.
—Lo sé.
—Entonces entenderá que aquí tenemos protocolos.
—También lo sé.
Marcos señaló la salida.
—Puedo pedir a alguien que la acompañe.
Elena levantó lentamente la mirada.
—¿Acompañarme?
—Sí.
—¿Fuera?
—Exacto.
Ella sonrió apenas.
—Qué curioso.
Marcos frunció el ceño.
—¿Qué?
—Hace veintisiete años dije exactamente lo mismo al hombre que te entrenó.
La sonrisa de Javier desapareció.
Marcos permaneció inmóvil.
—¿Conoció a mi instructor?
—Depende.
Elena inclinó la cabeza.
—¿Sigue llamándose Esteban Ruiz?
Marcos perdió el color.
Nadie conocía aquel nombre.
No porque fuera secreto, sino porque Esteban había abandonado el ejército hacía más de veinte años y casi nunca hablaba de su etapa anterior.
—¿Cómo sabe quién es?
—Porque estuvo bajo mi mando.
Un murmullo recorrió la sala.
Javier miró a Diego.
—No puede ser.
Elena lo escuchó.
—Tienes razón.
Todos se quedaron quietos.
La anciana caminó hacia una mesa metálica.
—No estuvo bajo mi mando al principio.
Se quitó una insignia pequeña del pecho y la dejó sobre la mesa.
—Primero fue mi alumno.
Marcos miró la pieza metálica.
Su expresión cambió.
Se acercó.
La tomó.
Era antigua.
No parecía una insignia actual.
Tenía un águila grabada y tres líneas diagonales debajo.
Marcos dejó de respirar.
—¿Dónde consiguió esto?
Elena respondió:
—Me la dieron en Bosnia.
Silencio.
Diego frunció el ceño.
—¿Bosnia?
Javier susurró:
—Eso fue antes de que nosotros naciéramos.
Marcos seguía mirando la insignia.
—Esta unidad dejó de usar este símbolo hace décadas.
—Veintinueve años.
—Solo lo llevaba…
Elena terminó la frase:
—El Grupo Atlas.
El aire cambió.
Incluso los soldados que no conocían todos los detalles habían oído ese nombre.
Atlas.
Una unidad de operaciones especiales cuya existencia había sido oficialmente desmentida durante años.
Misiones de evacuación.
Extracciones.
Rescate de rehenes.
Operaciones que jamás aparecían en los periódicos.
Marcos levantó los ojos.
—Atlas se disolvió.
—Sí.
—Y todos sus comandantes están muertos.
Elena lo miró.
—Casi todos.
Nadie habló.
Javier dejó de apoyar el cuerpo contra la mesa.
Ahora estaba completamente erguido.
Marcos devolvió la insignia.
—¿Quién es usted?
—Elena Vargas.
—Eso ya lo sabemos.
—Entonces quizá deberías haber investigado antes de reírte.
Javier bajó los ojos.
Marcos ignoró la frase.
—¿Qué hacía en Atlas?
Elena volvió a colocarse la insignia.
—Mandaba el equipo.
El silencio fue absoluto.
Después Javier soltó una risa nerviosa.
—Vamos…
Marcos se giró.
—Cállate.
Era la primera vez que su tono mostraba preocupación.
Elena caminó hacia el centro de la sala.
—Habéis estado practicando combate cuerpo a cuerpo.
—Sí —dijo Marcos.
—Lo hacéis mal.
Javier levantó la cabeza.
—¿Perdón?
—He dicho que lo hacéis mal.
—Nosotros llevamos seis meses entrenando esta técnica.
—Ese es el problema.
Elena señaló el tatami.
—Habéis dedicado seis meses a aprender movimientos que vuestro enemigo espera.
Marcos cruzó los brazos.
—¿Quiere demostrarlo?
Ella lo miró.
—Eso pensaba hacer.
Los soldados se miraron.
Javier sonrió otra vez.
—Capitán, no puede estar hablando en serio.
Elena se giró hacia él.
—Tú.
—¿Yo?
—Ven aquí.
La sonrisa desapareció.
Javier miró a Marcos.
El capitán asintió.
El joven salió al centro.
Medía casi un metro noventa.
Elena apenas le llegaba a los hombros.
—No quiero hacerle daño —dijo Javier.
La anciana sonrió.
—Ese es tu primer error.
—¿Cuál?
—Creer que puedes.
Varias sonrisas aparecieron.
Javier adoptó posición.
Elena no.
—¿No va a prepararse?
—Ya lo estoy.
Javier miró al capitán.
—¿Empiezo?
Elena respondió:
—Cuando quieras.
El joven avanzó.
Intentó sujetarle el brazo.
Todo ocurrió en menos de dos segundos.
Elena giró.
Atrapó su muñeca.
Utilizó su propio impulso.
Javier terminó contra la colchoneta.
No hubo golpe espectacular.
Ni patada.
Ni fuerza exagerada.
Solo precisión.
El joven miró al techo.
Confundido.
Elena seguía sujetando su muñeca.
—Muerto.
Lo soltó.
Javier se levantó inmediatamente.
—Ha sido suerte.
—Perfecto.
Elena sonrió.
—Otra vez.
Esta vez Javier fue más rápido.
Cambió el ángulo.
Intentó rodearla.
Elena esperó.
Un paso.
Una desviación.
Una presión detrás de la rodilla.
Javier volvió al suelo.
—Muerto.
Diego dejó de sonreír.
Marcos observaba cada movimiento.
Javier se levantó rojo de vergüenza.
—Otra.
—No.
—Otra.
Elena negó.
—Ya te he matado dos veces. Una tercera sería falta de educación.
Algunos soldados contuvieron la risa.
Ahora no se reían de Elena.
Javier volvió a su sitio.
Marcos entró en el centro.
—Conmigo.
Elena lo miró.
—¿Seguro?
—Sí.
—Esteban te enseñó bien.
—Entonces debería preocuparle.
—Eso espero.
Marcos levantó las manos.
Elena hizo lo mismo.
Pero antes de que comenzaran, la puerta metálica se abrió.
Un coronel entró acompañado por dos oficiales.
—¡Atención!
Todos se colocaron firmes.
Elena no se movió.
El coronel caminó directamente hacia ella.
Se detuvo.
Y saludó.
—General Vargas.
Marcos quedó helado.
Javier abrió mucho los ojos.
Elena devolvió el saludo.
—Coronel.
El hombre miró alrededor.
—¿Ya ha empezado la evaluación?
Marcos parpadeó.
—¿Evaluación?
El coronel lo miró.
—¿Nadie os informó?
—No, señor.
—Precisamente.
Elena se quitó lentamente los guantes.
—La primera parte consistía en ver cómo reaccionabais ante alguien a quien considerabais inferior.
Nadie respiró.
Javier bajó la cabeza.
Diego hizo lo mismo.
Marcos entendió.
—Era una prueba.
—Sí.
—¿Y hemos fallado?
Elena miró a los soldados.
—Algunos más que otros.
Javier parecía querer desaparecer.
Pero el coronel no había venido solo para aquello.
Entregó a Elena una carpeta negra.
Ella la abrió.
Su rostro cambió.
Marcos lo notó.
—¿Qué ocurre?
Elena observó una fotografía dentro de la carpeta.
—¿Cuándo?
—Hace cuarenta minutos.
—¿Confirmado?
—Sí.
El ambiente dejó de parecer un entrenamiento.
—General —dijo Marcos—, ¿qué está pasando?
Elena cerró la carpeta.
—Atlas no se disolvió porque terminara su misión.
—¿Entonces?
—Porque alguien nos vendió.
Silencio.
—Hace veintinueve años entramos en una operación de rescate con doce hombres.
Su voz se volvió más baja.
—Regresamos cuatro.
Marcos conocía la historia parcialmente.
Una misión sin nombre.
Clasificada.
—Nos dijeron que el informante había muerto.
Elena levantó la fotografía.
—No murió.
Marcos la tomó.
Mostraba a un hombre de unos sesenta años entrando en un aeropuerto.
Cabello gris.
Barba.
Traje oscuro.
Fecha de aquella mañana.
Marcos frunció el ceño.
—¿Quién es?
—Samuel Cortés.
Uno de los oficiales jóvenes reaccionó.
—Ese nombre no aparece en ninguna base.
Elena lo miró.
—Porque lo borraron.
—¿Quién era?
La general respiró.
—Mi segundo al mando.
Marcos volvió a mirar la fotografía.
—¿Él traicionó Atlas?
—Eso creí durante veintinueve años.
—¿Y ahora?
Elena abrió nuevamente la carpeta.
Dentro había una segunda imagen.
El mismo hombre estaba acompañado por alguien.
Marcos se quedó quieto.
—No…
Elena ya había visto quién era.
—Esteban Ruiz.
El antiguo instructor de Marcos.
Javier miró al capitán.
Marcos parecía incapaz de hablar.
—Mi instructor…
—Se reunió con Cortés esta mañana —dijo el coronel.
—Eso no significa que sea un traidor.
Elena asintió.
—Correcto.
—Entonces ¿qué hacemos?
La general miró a todos los jóvenes que minutos antes se habían reído de ella.
—Ahora empieza la segunda prueba.
Javier tragó saliva.
—¿Qué prueba?
—Descubrir quién de vosotros informó de que yo estaría aquí hoy.
Todos quedaron inmóviles.
Diego frunció el ceño.
—¿Alguien lo sabía?
—Solo siete personas.
Elena miró la sala.
—Cuatro están aquí.
Marcos contó mentalmente.
Él.
El coronel.
Elena.
¿Quién más?
—¿Quién es la cuarta persona?
Elena no respondió.
En ese momento las luces se apagaron.
La sala quedó a oscuras.
Un segundo después se encendieron luces rojas de emergencia.
Una alarma comenzó a sonar.
—¡Bloquead las puertas! —ordenó Marcos.
Los soldados se movieron.
Elena permaneció quieta.
Escuchando.
—General —dijo Javier—, ¿qué hacemos?
—Silencio.
Todos callaron.
Se oyó algo.
Tac.
Tac.
Tac.
Pasos en el pasillo exterior.
Marcos se acercó a la puerta.
Elena levantó una mano.
—No.
—Puede ser seguridad.
—No caminan así.
Los pasos se detuvieron.
Tres golpes sonaron contra la puerta.
Toc.
Toc.
Toc.
Elena palideció.
Marcos lo vio.
—¿Qué pasa?
—Ese código…
—¿Qué código?
La general no respondió inmediatamente.
Tres golpes.
Pausa.
Dos golpes.
Pausa.
Uno.
Elena cerró los ojos.
—Atlas.
Marcos sintió un escalofrío.
—¿Qué significa?
—Era nuestra señal para indicar que había un hombre infiltrado dentro del equipo.
Todos se miraron.
Javier retrocedió.
—¿Dentro de esta sala?
Elena abrió lentamente los ojos.
—Sí.
El coronel se acercó a la puerta.
—¿Quién está fuera?
Una voz respondió:
—Elena.
Ella quedó completamente quieta.
Habían pasado casi treinta años.
Pero reconoció aquella voz.
—Samuel…
Marcos la miró.
—¿Es Cortés?
Elena asintió.
La voz continuó:
—No abras la puerta.
El coronel frunció el ceño.
—¿Por qué?
Samuel respondió desde el otro lado:
—Porque el hombre que destruyó Atlas está dentro con vosotros.
Todos dejaron de respirar.
Marcos miró a Javier.
Javier miró a Diego.
Diego miró al coronel.
Elena observó cada rostro.
—Samuel —dijo—, dame un nombre.
Silencio.
—¡Dame el nombre!
La voz respondió:
—No puedo.
—¿Por qué?
—Porque no conozco su nombre actual.
Elena apretó los puños.
—Entonces ¿cómo lo reconocemos?
Hubo una pausa.
—Por una cicatriz.
Todos comenzaron a mirarse.
—¿Dónde?
—Debajo de la muñeca izquierda.
Marcos levantó la manga.
Nada.
Javier hizo lo mismo.
Nada.
Diego también.
Nada.
El coronel permaneció quieto.
Elena lo observó.
—Coronel.
Él sonrió.
—Esto es absurdo.
—Enséñeme la muñeca.
—General…
—Ahora.
El hombre levantó lentamente la mano izquierda.
Se remangó.
No había cicatriz.
Todos respiraron.
Entonces alguien comenzó a aplaudir.
Lento.
Una palmada.
Otra.
Desde el fondo de la sala.
Todos se giraron.
Era uno de los soldados que no había hablado en todo el día.
Un hombre delgado llamado Luis.
Elena apenas lo había mirado.
Luis sonrió.
—Sigue siendo buena, general.
Marcos dio un paso.
—Enséñame la muñeca.
Luis se quitó lentamente el guante izquierdo.
Debajo había una cicatriz larga y blanca.
Javier retrocedió.
—No puede ser. Luis tiene veintiséis años.
Elena miró la marca.
—No es Samuel quien usa otro nombre.
Luis sonrió.
—Muy bien.
—Tú no eres Luis.
—Nunca lo fui.
—¿Quién eres?
El joven ladeó la cabeza.
—Eso debería preguntárselo a su viejo amigo.
Elena miró hacia la puerta.
—Samuel.
No hubo respuesta.
—¡Samuel!
Silencio.
Luis sonrió más.
—Ya no puede responder.
Marcos avanzó.
—¿Qué le has hecho?
—Nada.
Luis levantó ambas manos.
—Él nunca estuvo ahí fuera.
Elena se congeló.
—¿Qué?
Luis señaló un pequeño altavoz escondido cerca de la puerta.
—Grabación.
Javier palideció.
Todo había sido preparado.
El apagón.
Los golpes.
La voz.
La acusación.
—¿Por qué? —preguntó Elena.
Luis miró la carpeta negra.
—Porque necesitábamos comprobar si todavía recordaba el código.
—¿Quiénes?
El joven sonrió.
—Atlas.
Elena negó.
—Atlas murió.
—No.
Luis miró a los soldados.
—Atlas simplemente cambió de comandante.
Elena sintió un escalofrío.
—¿Quién?
Las luces normales volvieron de golpe.
Y en la pantalla gigante del centro de entrenamiento apareció una transmisión en directo.
Un anciano estaba sentado frente a la cámara.
Cabello blanco.
Rostro marcado.
Elena dejó de respirar.
—No…
Marcos la miró.
—¿Lo conoce?
Ella apenas pudo responder:
—Mi marido.
Javier abrió los ojos.
Según todos los archivos militares, el esposo de Elena Vargas había muerto durante la misión que destruyó Atlas veintinueve años atrás.
El anciano de la pantalla sonrió.
—Hola, Elena.
Las manos de la general comenzaron a temblar por primera vez.
—Alejandro…
—Han pasado muchos años.
—Te vi morir.
—Viste lo que necesitaban que vieras.
Elena se acercó a la pantalla.
—¿Tú diriges Atlas?
Alejandro negó.
—No.
—Entonces ¿quién?
El anciano miró directamente a cámara.
—La persona que envió a esos jóvenes a reírse de ti esta mañana.
Elena se giró lentamente hacia los soldados.
Alejandro continuó:
—Y si quieres saber quién es, mira detrás de ti.
Elena se quedó inmóvil.
Una puerta secundaria acababa de abrirse.
Alguien entraba.
Marcos levantó la mirada.
Javier palideció.
El coronel se puso firme inmediatamente.
La persona que acababa de aparecer no vestía uniforme.
Era una mujer de unos cuarenta años.
Cabello oscuro.
Traje negro.
Y tenía exactamente los mismos ojos que Elena.
La general dejó de respirar.
—No puede ser…
La mujer se detuvo frente a ella.
—Hola, mamá.
Elena retrocedió.
Su hija había muerto veinticuatro años atrás.
Al menos eso era lo que Elena había creído durante toda su vida.
La joven sonrió.
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Y dijo:
—Ahora sí empieza tu verdadera prueba.