TODOS ESPERABAN QUE EL MASTÍN ATACARA A LUCÍA… PERO CUANDO EL PERRO LA OLIÓ, SE TUMBÓ A SUS PIES Y ALEJANDRO DEJÓ DE REÍR

—Ahora veremos si te recuerda.
La voz de Alejandro cayó desde la pasarela metálica.
Lucía dejó de respirar.
El mastín negro estaba a menos de un metro.
Enorme.
Más alto de lo que parecía desde lejos.
Su cabeza cuadrada casi llegaba a la altura de su cintura.
El perro olfateó el aire.
Lucía apretó la espalda contra el hormigón.
—Tranquilo…
Mateo dio otro paso.
Las cadenas rozaron el suelo húmedo.
Clac.
Clac.
Lucía cerró los ojos.
Esperó el mordisco.
El salto.
El dolor.
No llegó nada.
Abrió un ojo.
Mateo estaba oliendo su vestido.
Después sus manos.
Después se acercó a su rostro.
Lucía temblaba.
—No…
El perro se quedó quieto.
La miró.
Y de pronto ocurrió algo que nadie esperaba.
Bajó la cabeza.
Retrocedió medio paso.
Y se tumbó frente a ella.
Silencio.
El público dejó de reír.
Alejandro también.
Lucía observó al animal.
—¿Qué…?
Mateo apoyó el hocico sobre sus propios paws.
Otro mastín se acercó.
Luego otro.
Uno por uno dejaron de gruñir.
El segundo perro se sentó.
El tercero bajó la cabeza.
Un cuarto se acercó a Lucía y olfateó su mano.
—No puede ser… —susurró uno de los hombres de arriba.
Alejandro se agarró a la barandilla.
Su rostro había cambiado.
Ya no parecía divertido.
Parecía preocupado.
—Mateo —dijo.
El mastín no reaccionó.
Alejandro levantó la voz.
—¡Mateo!
El animal seguía mirando a Lucía.
Ella levantó lentamente una mano.
—¿Puedo…?
Nadie respondió.
Tocó la cabeza del perro.
Mateo cerró los ojos.
Lucía sintió algo extraño.
Una imagen.
Un recuerdo.
No sabía de dónde venía.
Un jardín.
Una pelota roja.
Una niña riendo.
Y un cachorro negro.
Lucía apartó la mano.
—Yo te conozco.
Alejandro dejó de respirar.
—¿Qué has dicho?
Lucía miró hacia arriba.
—He dicho que conozco a este perro.
—Eso es imposible.
—No.
Se agachó.
Mateo acercó el hocico.
Lucía observó su collar.
En la parte interior había una pequeña placa metálica.
Gastada.
Casi ilegible.
Pasó los dedos sobre ella.
Había una palabra.
LUCÍA.
La joven quedó helada.
—Mi nombre…
El público comenzó a murmurar.
Alejandro bajó rápidamente las escaleras.
—No toques eso.
Lucía lo miró.
—¿Por qué mi nombre está en su collar?
—No significa nada.
—¡Está grabado!
Alejandro abrió la puerta metálica del recinto.
Los mastines se giraron.
Varios gruñeron.
El hombre se detuvo.
Lucía lo vio.
Los perros no le tenían miedo.
No.
Era otra cosa.
No querían que se acercara.
—¿Quién eres? —preguntó Lucía.
Alejandro intentó sonreír.
—Ya sabes quién soy.
—No.
Ella se puso de pie.
—Sé cómo te llamas.
—Es suficiente.
—No para mí.
Mateo se levantó.
Se colocó entre ambos.
Alejandro frunció el ceño.
—Aparta al perro.
Lucía respondió:
—Parece que no quiere.
—Lucía.
—¿Por qué me conoce?
Alejandro miró al público.
Después a uno de los hombres del fondo.
Aquello fue suficiente.
Lucía comprendió que todos sabían algo.
—Me trajisteis aquí por esto.
Nadie respondió.
—No queríais que los perros me atacaran.
Alejandro negó.
—No exactamente.
—Queríais ver si me reconocían.
Silencio.
—¿Por qué?
Alejandro bajó la voz.
—Porque llevamos quince años buscándote.
Lucía sintió un golpe en el pecho.
—¿Qué?
—Quince años.
—Eso no tiene sentido.
—Tenías nueve cuando desapareciste.
—Yo nunca desaparecí.
Alejandro soltó una risa seca.
—Eso es lo que crees.
Lucía dio un paso atrás.
—Crecí en Toledo.
—No.
—Fui al colegio San Marcos.
—No.
—Viví con mi madre.
—La mujer que te crió no era tu madre.
Lucía se quedó inmóvil.
—No vuelvas a decir eso.
—Se llamaba Teresa Valdés.
—Era mi madre.
—Era una enfermera.
—¡Era mi madre!
Mateo gruñó.
Alejandro levantó las manos.
—Tranquilo.
Después miró a Lucía.
—Teresa te sacó de aquí.
Lucía observó el recinto.
Hormigón.
Rejas.
Perros.
—¿De aquí?
—No exactamente de esta jaula.
—Entonces ¿de dónde?
Alejandro señaló el edificio detrás de ellos.
—De la finca.
Lucía sintió vértigo.
—¿Qué finca?
—Vega Norte.
Uno de los hombres del público bajó la mirada.
Alejandro continuó:
—Tu padre era el propietario.
Lucía negó.
—Mi padre murió antes de que yo naciera.
—No.
—Eso me dijo mi madre.
—Teresa.
Lucía apretó los puños.
Alejandro se acercó otro paso.
Mateo volvió a interponerse.
—Tu padre se llamaba Rafael Ortega.
La respiración de Lucía se detuvo.
—¿Cómo sabes mi apellido real?
—Porque te llamabas Lucía Ortega Vega.
Ella lo miró.
—Vega…
Después miró a Alejandro.
—Como tú.
Él no respondió.
Lucía palideció.
—¿Quién eres tú?
Alejandro tardó demasiado.
—Soy tu tío.
La joven sintió que todo giraba.
—No.
—Sí.
—No.
—Mi hermana era tu madre.
Lucía retrocedió.
—¿Cómo se llamaba?
—Elena.
La palabra la atravesó.
Elena.
Ese nombre aparecía en sus sueños desde niña.
Una mujer cantando.
Un perfume.
Una voz diciéndole que no saliera de una habitación.
—¿Qué le pasó?
Alejandro bajó la mirada.
—Murió.
—¿Cómo?
No respondió.
—¿Cómo murió mi madre?
—Un incendio.
Lucía sintió una punzada en la cabeza.
Otro recuerdo.
Humo.
Luces naranjas.
Una mujer gritando:
«¡Corre, Lucía!»
La joven se llevó una mano a la frente.
—Yo estaba allí.
Alejandro la observó.
—Sí.
—Recuerdo fuego.
—Tenías nueve años.
—Y perros.
Alejandro se quedó inmóvil.
Lucía miró a Mateo.
—Había un cachorro.
Mateo inclinó la cabeza.
—Tú.
Los ojos de Lucía se llenaron de lágrimas.
—Tú estabas allí.
El perro se acercó.
Lucía acarició su cuello.
—¿Cuántos años tienes?
Alejandro respondió:
—Dieciséis.
Todo encajaba.
Mateo había sido apenas un cachorro.
—Teresa me sacó.
—Sí.
—¿Por qué?
—Porque alguien intentó matarte.
El público guardó silencio.
Lucía levantó la mirada.
—¿Quién?
Alejandro no respondió.
—¿Quién intentó matarme?
—No lo sabemos.
Lucía soltó una risa amarga.
—Mientes.
—No.
—Me metes en una jaula con cinco mastines para comprobar mi identidad y esperas que crea que no sabes quién intentó matarme.
Alejandro endureció la expresión.
—Esta prueba era necesaria.
—¿Prueba?
Lucía miró a los hombres de arriba.
—¿Todo esto era una prueba?
—Los perros fueron entrenados por tu padre.
—¿Y?
—Rafael utilizaba una señal olfativa.
—¿Qué señal?
Alejandro señaló su propio cuello.
Lucía tocó el suyo.
Llevaba una pequeña cadena.
La misma desde niña.
Un medallón antiguo.
Teresa se lo había entregado antes de morir.
—Esto…
Alejandro asintió.
—Pertenecía a tu madre.
Lucía abrió el pequeño medallón.
Dentro había una diminuta tela roja.
Mateo comenzó a mover la cola.
Los demás perros reaccionaron.
—Elena utilizaba ese perfume.
Lucía cerró el medallón.
—Por eso me reconocieron.
—En parte.
—¿En parte?
Alejandro miró a Mateo.
—También porque te conoció cuando eras niña.
Lucía lloró en silencio.
El perro levantó el hocico y rozó su mano.
Entonces alguien aplaudió desde arriba.
Una palmada lenta.
Todos miraron.
Un hombre mayor caminaba entre la multitud.
Cabello blanco.
Traje gris oscuro.
Bastón negro.
Alejandro palideció.
—¿Qué haces aquí?
El anciano sonrió.
—Ver cómo termina tu pequeña prueba.
Lucía miró a Alejandro.
—¿Quién es?
Alejandro no respondió.
El hombre bajó las escaleras.
Los perros comenzaron a gruñir.
Todos.
Excepto Mateo.
El anciano se detuvo frente a la puerta.
—Lucía.
Ella sintió un escalofrío.
—¿Me conoce?
—Mucho mejor de lo que crees.
Alejandro se interpuso.
—Vete.
—¿Por qué?
—No tienes derecho a estar aquí.
El hombre sonrió.
—Yo construí este lugar.
Lucía miró a ambos.
—¿Quién es?
Alejandro apretó la mandíbula.
—Esteban Vega.
—¿Tu padre?
—Sí.
El anciano miró a Lucía.
—Y tu abuelo.
Ella retrocedió.
—No.
Esteban abrió los brazos.
—Por fin has vuelto a casa.
Mateo se levantó de golpe.
Gruñó.
Esta vez directamente hacia Esteban.
El anciano dejó de sonreír.
Lucía miró al perro.
—¿Qué pasa?
Alejandro lo entendió primero.
—Mateo lo reconoce.
Esteban frunció el ceño.
—Por supuesto que me reconoce.
—No así.
Los otros mastines se acercaron.
Formaron una línea frente a Lucía.
Todos mirando al anciano.
Alejandro palideció.
—Dios mío.
Lucía lo miró.
—¿Qué?
—La noche del incendio…
—¿Qué pasa con ella?
—Los perros estaban encerrados en el patio trasero.
Esteban dijo:
—Basta.
Alejandro continuó:
—Tu padre los había entrenado para reaccionar a personas que representaban peligro para la familia.
Esteban golpeó el suelo con su bastón.
—¡He dicho basta!
Mateo ladró con fuerza.
Lucía observó al anciano.
—¿Por qué te tienen miedo?
—No me tienen miedo.
—Entonces ¿por qué no te dejan entrar?
Esteban miró a Alejandro.
—Saca a la chica.
Alejandro no se movió.
—Padre…
—Ahora.
Lucía comprendió.
—Fuiste tú.
Esteban soltó una risa.
—¿Yo qué?
—El incendio.
—Cuidado.
—Intentaste matar a mi madre.
—No sabes de qué hablas.
—Y a mí.
—Lucía…
—Por eso Teresa me sacó de aquí.
Esteban endureció la mirada.
—Teresa robó una niña.
—Salvó una niña.
Silencio.
Alejandro miró a su padre.
—¿Fue verdad?
—No seas ridículo.
—Te lo estoy preguntando.
Esteban negó.
—Tu hermana estaba enferma.
—¿Enferma de qué?
—Paranoia.
Lucía sintió rabia.
—Qué conveniente.
Esteban la señaló con el bastón.
—No sabes nada de nuestra familia.
Lucía respondió:
—Entonces cuéntamelo.
El anciano sonrió.
—Tu madre descubrió algo que no debía.
Alejandro quedó inmóvil.
—¿Qué?
Esteban cerró los ojos.
Había hablado demasiado.
Lucía se acercó a la verja.
—¿Qué descubrió?
—Nada.
—Lo acabas de decir.
—No importa.
—¡¿Qué descubrió?!
Mateo ladró.
Esteban retrocedió.
Y en ese momento Lucía vio algo.
El bastón.
En la empuñadura había un símbolo.
Una serpiente alrededor de una letra V.
El mismo símbolo que aparecía en el medallón de su madre.
Pero rayado.
Como si Elena hubiera intentado borrarlo.
—Ese símbolo…
Esteban ocultó la empuñadura.
Demasiado tarde.
Lucía abrió su medallón.
Dentro, bajo la tela roja, había algo que nunca había visto.
Un pequeño botón metálico.
Lo presionó.
Click.
El medallón se abrió por una segunda bisagra.
Dentro había una diminuta tarjeta de memoria.
Todos se quedaron inmóviles.
Alejandro susurró:
—¿Qué es eso?
Lucía la sostuvo.
Esteban perdió completamente el color.
—Dámela.
Eso fue suficiente.
—¿Qué contiene?
—Nada.
—Entonces ¿por qué la quieres?
Esteban golpeó la puerta.
—¡Dámela!
Los perros rugieron.
Alejandro se interpuso.
—Padre.
—¡Apártate!
—¿Qué hay en esa tarjeta?
Esteban miró a Lucía.
Su expresión ya no era la de un abuelo emocionado.
Era puro miedo.
—Tu madre era una traidora.
Lucía cerró el puño alrededor de la tarjeta.
—¿Traicionó a quién?
Esteban respondió:
—A todos nosotros.
—¿Qué hizo?
El anciano respiró profundamente.
—Grabó una conversación.
Alejandro palideció.
—¿Qué conversación?
Esteban lo miró.
—La noche anterior al incendio.
Lucía sintió un escalofrío.
—¿Quién hablaba?
Esteban no respondió.
Alejandro se acercó.
—Padre.
—Cállate.
—¿Quién estaba en la grabación?
Esteban apretó el bastón.
Lucía observó su rostro.
Y comprendió.
—Tú.
El anciano sonrió débilmente.
—No solo yo.
Silencio.
—¿Quién más?
Esteban miró hacia el grupo de hombres.
Todos parecían nerviosos.
Entonces señaló a Alejandro.
Lucía dejó de respirar.
Alejandro se quedó helado.
—¿Qué estás diciendo?
Esteban sonrió.
—Pregúntale por qué fue él quien insistió en traerte aquí hoy.
Lucía miró a su supuesto tío.
—Alejandro…
—No le escuches.
—¿Por qué necesitabas comprobar que era yo?
—Porque quería protegerte.
Esteban soltó una carcajada.
—No.
—¡Cállate!
—Quería saber si la tarjeta seguía contigo.
Lucía retrocedió.
Mateo volvió a ponerse delante de ella.
Alejandro levantó las manos.
—Lucía, escúchame.
—No te acerques.
—Mi padre está manipulándote.
—¿Y tú no?
Silencio.
Lucía miró la tarjeta.
Después a ambos hombres.
—Voy a verla.
Esteban respondió inmediatamente:
—No.
Alejandro dijo al mismo tiempo:
—Aquí no.
Lucía soltó una risa nerviosa.
—Perfecto.
—¿Qué?
—Eso significa que los dos tenéis miedo de lo mismo.
Se dirigió hacia una pequeña cámara instalada en la esquina del recinto.
Alejandro palideció.
—Lucía…
—Todo esto está siendo grabado, ¿verdad?
Nadie respondió.
La joven levantó la tarjeta.
—Entonces que quede grabado esto también.
Miró directamente hacia la cámara.
—Si algo me ocurre, esta tarjeta contiene la razón.
Esteban retrocedió.
Alejandro cerró los ojos.
Mateo permaneció junto a Lucía.
Y entonces, desde algún lugar del complejo, se encendió un altavoz.
Una voz femenina antigua llenó el recinto.
—Si estás escuchando esto, hija, significa que Mateo te ha reconocido.
Lucía dejó de respirar.
Conocía aquella voz.
La había escuchado en sueños durante quince años.
—Mamá…
La grabación continuó:
—No confíes en ningún Vega.
Alejandro levantó la cabeza.
Esteban palideció.
—Ni siquiera en el hombre que diga ser tu tío.
Lucía miró a Alejandro.
Él retrocedió.
La voz añadió:
—Porque la persona que prendió fuego a nuestra casa aquella noche…
Pausa.
Toda la sala quedó en silencio.
—…fue Alejandro.
Lucía sintió que las piernas dejaban de responder.
Alejandro negó.
—No.
Esteban empezó a reír.
Pero la grabación aún no había terminado.
—Y si Alejandro sigue vivo cuando escuches esto, recuerda una última cosa.
Lucía miró hacia el altavoz.
—¿Qué?
La voz de su madre respondió:
—Alejandro Vega murió cuando tenía diecisiete años.
Lucía se quedó inmóvil.
Miró al hombre del traje negro.
El supuesto Alejandro también dejó de respirar.
Elena terminó:
—El hombre que lleva su nombre no es mi hermano.
Mateo comenzó a gruñir.
Y por primera vez desde que Lucía había entrado en el recinto, todos los perros dejaron de mirar a Esteban.
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Giraron lentamente la cabeza.
Hacia Alejandro.