TODAS SE RIERON CUANDO LUCÍA NO CABÍA EN LA SILUETA REAL… PERO AL DECIR SU NOMBRE, EL PRÍNCIPE SE LEVANTÓ Y ORDENÓ: «QUE NADIE SALGA DEL PALACIO»

—Lucía, alteza.
El silencio cayó sobre el gran salón.
El príncipe Adrián permaneció de pie frente a su trono dorado.
Hacía apenas unos segundos había observado aquella absurda ceremonia con una ligera sonrisa.
Ahora ya no sonreía.
Sus ojos estaban clavados en la joven que permanecía dentro de la estrecha silueta de madera.
Lucía Morales.
Vestido dorado.
Cabello oscuro.
Cuerpo demasiado ancho, según las mujeres que la rodeaban, para encajar en aquella figura diseñada para representar a la supuesta esposa perfecta del futuro rey.
Valeria seguía junto al marco.
La sonrisa se había borrado de su rostro.
—¿Ha dicho Lucía? —preguntó Adrián.
La joven tragó saliva.
—Sí, alteza.
—¿Lucía qué?
—Morales.
Adrián bajó lentamente los escalones del trono.
Una inquietud recorrió el salón.
Nadie entendía qué estaba ocurriendo.
Lucía tampoco.
El príncipe se detuvo a pocos metros de ella.
La observó.
No miró su cintura.
Ni sus caderas.
Ni el marco de madera.
Miró sus ojos.
—¿Elena era el nombre de tu madre?
Lucía quedó inmóvil.
—¿Cómo sabe eso?
Valeria giró rápidamente hacia Adrián.
—Alteza, quizá deberíamos continuar con la ceremonia.
Adrián ni siquiera la miró.
—He hecho una pregunta.
Lucía respiró.
—Sí.
—¿Elena Morales?
—Sí.
El príncipe palideció.
Lucía lo vio.
—¿Conoció a mi madre?
Adrián guardó silencio.
Después miró hacia los guardias.
—Cerrad las puertas.
El capitán dudó.
—¿Alteza?
—Todas.
Las enormes puertas del salón comenzaron a cerrarse.
El sonido de la madera y el hierro retumbó entre las columnas.
Las jóvenes candidatas dejaron de sonreír.
Valeria dio un paso atrás.
—¿Qué está pasando?
Adrián miró a cada una de ellas.
—Nadie abandona esta sala.
Lucía salió lentamente del marco.
—Alteza, no entiendo nada.
El príncipe volvió hacia ella.
—Yo tampoco.
—Entonces déjeme ir.
—No puedo.
Lucía sintió miedo.
—¿Estoy detenida?
—No.
—Entonces ¿por qué cierran las puertas?
Adrián señaló el marco.
—Porque alguien sabía que vendrías.
Todos miraron aquella silueta.
Lucía frunció el ceño.
—¿Qué quiere decir?
Adrián caminó hacia el enorme marco de madera.
Pasó los dedos sobre uno de sus bordes.
—Esto nunca había formado parte de la selección real.
Las mujeres comenzaron a murmurar.
Valeria palideció.
Lucía miró el marco.
—¿Entonces por qué está aquí?
Adrián se giró.
—Eso quiero saber.
Se acercó al maestro de ceremonias.
—¿Quién ordenó colocarlo?
El hombre titubeó.
—Recibimos instrucciones esta mañana.
—¿De quién?
—Creímos que eran suyas.
Adrián endureció el rostro.
—Yo jamás ordenaría medir a una futura reina de esta manera.
Las palabras golpearon a las mujeres que minutos antes se habían burlado.
Valeria cruzó los brazos.
—Pero es una tradición antigua.
Adrián la miró.
—No.
—Mi madre me habló de ella.
—Entonces tu madre mintió.
Un murmullo recorrió la sala.
Lucía observó a Valeria.
Por primera vez vio miedo auténtico en sus ojos.
Adrián regresó junto al marco.
—Traedme un cuchillo.
Uno de los guardias le entregó una pequeña daga ceremonial.
Lucía retrocedió.
El príncipe no se acercó a ella.
Introdujo la punta de la daga entre dos piezas de madera.
Hizo presión.
Crac.
Una moldura lateral se desprendió.
Algo cayó al suelo.
Una pequeña pieza metálica.
Todo el mundo miró.
Adrián se agachó.
La recogió.
Era un medallón.
Viejo.
Ovalado.
Cubierto de polvo.
Lucía dejó de respirar.
—No…
Adrián levantó la mirada.
—¿Lo conoces?
Lucía salió completamente del marco.
—Era de mi madre.
Valeria retrocedió otro paso.
El príncipe lo abrió.
Dentro había un pequeño retrato.
Una mujer de cabello oscuro.
Y junto a ella…
Un niño.
Lucía miró a Adrián.
Luego volvió a mirar el retrato.
El niño tenía los mismos ojos que el príncipe.
—Ese es usted.
Adrián asintió.
—Yo tenía ocho años.
—¿Por qué mi madre tenía una fotografía suya?
Adrián cerró el medallón.
—Porque me salvó la vida.
El salón quedó en silencio.
Lucía abrió mucho los ojos.
—¿Qué?
Adrián respiró lentamente.
—Hace veintitrés años hubo un incendio en la residencia de verano de mi familia.
Se escucharon murmullos.
—La versión oficial dice que los guardias me sacaron.
Miró el medallón.
—Es mentira.
Lucía no apartaba la vista de él.
—Tu madre trabajaba en las cocinas.
Cuando comenzó el incendio, volvió al edificio cuando todos los demás estaban saliendo.
Me encontró inconsciente.
Me cargó hasta el jardín.
—Mi madre nunca contó eso.
—Porque desapareció tres días después.
Lucía sintió un escalofrío.
—Mi madre no desapareció.
—Sí.
—Vivió conmigo hasta que yo tenía siete años.
Adrián quedó inmóvil.
—Eso es imposible.
—No lo es.
Lucía apretó las manos.
—Murió cuando yo era niña.
—¿Cómo?
La joven dudó.
—Me dijeron que había sufrido una enfermedad.
Adrián miró el medallón.
—¿Quién te lo dijo?
—Mi tía Beatriz.
El capitán de la guardia reaccionó al escuchar el nombre.
Adrián lo vio.
—¿Qué ocurre?
El hombre se acercó.
—Alteza… Beatriz Morales trabajó aquí.
Lucía giró hacia él.
—¿Mi tía?
—Sí.
—Ella decía que nunca había pisado un palacio.
—Fue doncella personal de la reina durante casi diez años.
Lucía sintió que el mundo se movía bajo sus pies.
Adrián volvió hacia ella.
—Te han mentido toda tu vida.
—¿Por qué?
Nadie respondió.
Entonces se escuchó una voz.
—Porque Elena vio algo que jamás debió ver.
Todos se giraron.
La voz pertenecía a una anciana sentada entre las damas de mayor rango.
Doña Mercedes.
La antigua institutriz de Adrián.
El príncipe frunció el ceño.
—¿Qué sabes?
La anciana se levantó lentamente.
—Más de lo que debería haber callado.
Valeria comenzó a caminar hacia una puerta lateral.
Un guardia se interpuso.
—Nadie sale.
Mercedes miró a Lucía.
—Tu madre no huyó después del incendio.
—Entonces ¿qué ocurrió?
—La obligaron a marcharse.
Adrián bajó la voz.
—¿Quién?
Mercedes lo miró.
—Tu padre.
El príncipe quedó inmóvil.
—El rey Sebastián murió hace doce años.
—Y se llevó muchos secretos a la tumba.
Lucía sintió un nudo en el estómago.
—¿Por qué quería expulsar a mi madre si ella había salvado al príncipe?
Mercedes respiró.
—Porque Elena entró en una habitación antes de encontrarte entre el humo.
Miró a Adrián.
—Y escuchó una conversación.
—¿Qué conversación?
—Una que demostraba que el incendio no había sido un accidente.
Adrián perdió el color.
El salón entero enmudeció.
—¿Quién intentó matarme?
Mercedes miró alrededor.
—Eso Elena nunca quiso decirme.
—¿Por qué?
—Porque tenía miedo.
Lucía dio un paso adelante.
—¿Y qué tiene que ver conmigo?
La anciana la observó durante varios segundos.
—Mucho.
Se acercó al medallón.
—Tu madre escondió esto antes de abandonar el palacio.
—¿Dentro del marco?
Mercedes asintió.
—Pero ese marco no era una prueba para elegir esposa.
Lucía volvió a mirar la estrecha silueta.
—Entonces ¿qué era?
—Una puerta.
Adrián frunció el ceño.
—Explícate.
Mercedes tocó uno de los adornos negros.
—Antes estaba colgado en las habitaciones privadas de la reina.
No representaba a una mujer perfecta.
Representaba a la fundadora de la Casa de Valcázar.
Dentro escondieron documentos durante generaciones.
El príncipe hizo una seña.
Dos guardias bajaron cuidadosamente la estructura.
Examinaron la parte trasera.
Uno encontró una pequeña cerradura oculta.
—Hay algo aquí.
Adrián tomó el medallón.
Miró su borde.
Tenía una pequeña pieza metálica.
La introdujo en la cerradura.
Click.
La parte posterior del marco se abrió.
Dentro había un compartimento estrecho.
Y un sobre.
Amarillento.
Sellado.
En la parte delantera aparecía escrito:
PARA ADRIÁN, CUANDO ENCUENTRE A MI HIJA.
Lucía se llevó una mano a la boca.
Adrián rompió el sello.
Sacó varias hojas.
La primera comenzaba:
Alteza:
Si Lucía está frente a usted, significa que yo ya no pude protegerla.
La voz del príncipe se detuvo.
Lucía lo miró.
—Siga.
Adrián continuó:
La noche del incendio escuché a dos personas hablar dentro de la biblioteca.
Una de ellas ordenó bloquear la puerta de la habitación del príncipe.
Un murmullo recorrió el salón.
Adrián siguió leyendo.
No pretendían incendiar todo el palacio.
Pretendían asegurarse de que Adrián no llegara vivo a su noveno cumpleaños.
El príncipe apretó el papel.
—¿Quién?
Lucía observó la siguiente línea.
—Lea el nombre.
Adrián permaneció en silencio.
—Alteza.
Él levantó la vista.
Su rostro había cambiado.
—El nombre está arrancado.
Una esquina del documento había sido cortada.
Mercedes palideció.
—Entonces alguien encontró la carta antes.
Adrián examinó el sobre.
—Pero no se llevó todo.
Había una segunda hoja.
La abrió.
Solo contenía una frase:
Si alguien elimina el nombre, buscad a la mujer que lleva tres rubíes sobre el corazón.
Todo el mundo dejó de respirar.
Lucía miró a las candidatas.
Oro.
Plata.
Perlas.
Esmeraldas.
Entonces vio a Valeria.
Sobre el lado izquierdo de su pecho brillaba un broche.
Tres pequeños rubíes rojos.
Valeria miró hacia abajo.
Su rostro perdió el color.
Adrián también lo vio.
—Valeria.
Ella retrocedió.
—No significa nada.
—¿Quién te dio ese broche?
—Era de mi madre.
—¿Cómo se llamaba?
Valeria no respondió.
El príncipe avanzó.
—He preguntado cómo se llamaba.
—Catalina.
Mercedes dejó escapar un gemido.
Adrián se giró.
—¿La conocías?
La anciana parecía aterrada.
—Catalina de Rosales.
—¿Quién era?
Mercedes miró al príncipe.
—La mujer que debía casarse con tu padre antes de que conociera a tu madre.
Valeria dio media vuelta.
Corrió.
Los guardias cerraron el paso.
—¡Apartaos!
—Señorita, vuelva atrás.
—¡No podéis detenerme!
Adrián levantó una mano.
—Valeria, si no tienes nada que ocultar, quédate.
Ella se giró.
—¿De verdad crees que esto tiene que ver conmigo?
—No.
Adrián miró el broche.
—Creo que tiene que ver con tu familia.
Valeria comenzó a temblar.
—Mi madre murió hace años.
Lucía se acercó.
—La mía también.
Las dos mujeres se miraron.
Entonces Valeria hizo algo inesperado.
Se arrancó el broche.
Lo lanzó al suelo.
Se rompió.
Dentro había una pequeña llave.
Adrián la recogió.
—¿Qué abre?
Valeria negó.
—No lo sé.
—Mientes.
—¡No lo sé!
Una voz habló desde la parte trasera del salón.
—Yo sí.
Todos se giraron.
Un hombre anciano acababa de entrar acompañado por dos guardias.
Vestía una larga túnica negra.
Era el antiguo médico de la familia real.
Doctor Salvatierra.
Adrián frunció el ceño.
—Creía que vivía en Francia.
—Así era.
El anciano miró la llave.
—Hasta que recibí una carta hace tres semanas.
—¿De quién?
Salvatierra señaló a Lucía.
—De Elena Morales.
El corazón de Lucía pareció detenerse.
—Eso es imposible.
—No.
—Mi madre murió hace diecinueve años.
El médico negó lentamente.
—No murió.
Lucía retrocedió.
—No diga eso.
—Tu madre está viva.
El salón quedó inmóvil.
Adrián miró al anciano.
—¿Dónde?
Salvatierra observó la llave.
—En el único lugar que esa llave puede abrir.
Lucía apenas pudo hablar.
—¿Dónde?
El médico señaló hacia abajo.
Hacia el suelo del palacio.
—Debajo de nosotros.
Adrián frunció el ceño.
—No hay nada debajo del salón.
Salvatierra sonrió tristemente.
—Eso es lo que tu padre quería que todos creyeran.
Lucía miró la pequeña llave roja en la mano del príncipe.
La ceremonia había empezado con decenas de mujeres riéndose porque su cuerpo no cabía dentro de una absurda silueta.
Ahora nadie recordaba siquiera aquella humillación.
Porque detrás de aquel marco se había escondido durante más de veinte años una carta.
Dentro de un broche había aparecido una llave.
Y un hombre que todos creían desaparecido acababa de afirmar que Elena Morales seguía viva.
Pero Salvatierra aún no había terminado.
Miró directamente a Adrián.
—Hay algo más que debes saber antes de bajar.
—¿Qué?
El viejo médico respiró profundamente.
—Elena no lleva veinte años escondiéndose del hombre que intentó matarte.
Adrián endureció el rostro.
—Entonces ¿de quién?
Salvatierra miró hacia el trono dorado.
—De la persona que está a punto de heredar esa corona.
Lucía giró hacia Adrián.
El príncipe también quedó inmóvil.
Y antes de que nadie pudiera hacer otra pregunta, tres golpes secos resonaron bajo el suelo.
TOC.
TOC.
TOC.
Todos miraron hacia abajo.
Salvatierra palideció.
—Es ella.
Lucía dejó de respirar.
Desde algún lugar oculto bajo el palacio, una mujer acababa de golpear tres veces.
La misma señal que Elena Morales había enseñado a su hija cuando Lucía era apenas una niña.
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Una señal cuyo significado Lucía todavía recordaba:
No hagas ruido. Estoy en peligro.