LA MUJER MAYOR ENCONTRÓ A SU MARIDO CON UNA JOVEN EN LA PISCINA… PERO CUANDO ÉL VIO EL BOLSO QUE ELLA LLEVABA, SU ROSTRO CAMBIÓ POR COMPLETO

Elena permaneció inmóvil junto a la piscina.
El sol de la tarde caía sobre las paredes color crema de la villa, tiñéndolas de dorado. Las palmeras apenas se movían con la brisa y, durante unos segundos, lo único que se escuchó fue el suave movimiento del agua contra los bordes de piedra.
Dentro de la piscina, Ricardo sostenía una copa de vino tinto.
Su brazo rodeaba la cintura de una joven de cabello oscuro y bikini negro.
Hacía apenas unos segundos los dos estaban riendo.
Ahora nadie sonreía.
Elena apretó la correa del bolso marrón que llevaba sobre el hombro.
—Vaya… así que estabas aquí.
Ricardo se quedó pálido.
La joven se separó ligeramente de él.
—Elena…
—¿No tienes nada que decirme?
Ricardo miró a la joven, después a Elena y finalmente a la puerta de la casa.
Parecía estar calculando algo.
—No es lo que parece.
Elena soltó una pequeña risa, pero aquella risa no tenía absolutamente nada de alegría.
—Entonces explícame qué estoy viendo.
Ricardo abrió la boca.
No salió ninguna palabra.
La joven levantó su copa con manos temblorosas.
—Señora, yo creo que debería…
—Tú no tienes que explicarme nada —la interrumpió Elena sin apartar la mirada de Ricardo.
Aquella frase hizo que la muchacha se quedara completamente quieta.
Ricardo dejó su copa sobre el borde de la piscina.
—Elena, podemos hablar dentro.
—No.
—Por favor.
—Aquí está bien.
Ricardo respiró profundamente.
Durante treinta y dos años, Elena había aprendido a reconocer todos sus gestos.
Sabía cuándo estaba enfadado.
Sabía cuándo estaba preocupado.
Y, sobre todo, sabía cuándo mentía.
Ricardo se tocaba siempre el crucifijo de oro cuando estaba asustado.
Lo estaba haciendo en ese momento.
Sus dedos apretaban la pequeña cruz contra el pecho.
Elena bajó la mirada hacia ella.
—Sigues llevándolo.
Ricardo dejó caer inmediatamente la mano.
La joven miró el collar.
—¿Qué pasa con esa cruz?
El rostro de Ricardo cambió.
—Nada.
Elena la observó por primera vez con atención.
La chica no tendría más de veintisiete años.
Era hermosa.
Pero había algo extraño en su expresión.
No parecía una amante descubierta por sorpresa.
Parecía una persona que acababa de descubrir que también le habían mentido.
—¿Cómo te llamas? —preguntó Elena.
Ricardo intervino inmediatamente.
—Eso no importa.
Elena giró lentamente la cabeza hacia él.
—No te lo he preguntado a ti.
La joven tragó saliva.
—Lucía.
Elena sintió que algo se rompía dentro de ella.
No mostró ninguna reacción.
Pero Ricardo sí la vio.
Sus ojos se abrieron un poco más.
—¿Lucía qué?
La joven miró a Ricardo.
Él negó discretamente con la cabeza.
Elena lo vio.
—Díselo.
—Elena…
—He dicho que se lo digas.
Lucía dejó su copa en el borde de la piscina.
—Lucía Mendoza.
El bolso de Elena cayó de su hombro.
Golpeó suavemente contra la piedra.
Ricardo cerró los ojos.
Por primera vez desde que Elena había aparecido, parecía haber perdido completamente el control.
Lucía dio un paso hacia atrás dentro del agua.
—¿Qué ocurre?
Elena no respondió.
Abrió lentamente el bolso.
Ricardo salió inmediatamente de la piscina.
—¡Elena, no!
Lucía retrocedió asustada.
Pero Elena no sacó ningún arma.
Sacó un viejo sobre amarillento.
Lo sostuvo entre los dedos.
Ricardo se quedó mirando aquel sobre como si acabara de ver un fantasma.
—Pensé que lo habías destruido —murmuró.
Elena levantó la vista.
—Eso esperabas.
Lucía miró a ambos.
—¿Qué hay dentro?
Ricardo agarró una toalla y se la colocó alrededor de la cintura.
—Lucía, vete.
—No.
—He dicho que te vayas.
—¡No!
La voz de la joven resonó por todo el patio.
Elena la observó sorprendida.
Lucía salió de la piscina.
El agua caía por sus brazos y piernas mientras caminaba hacia ellos.
—Llevas seis meses diciéndome que no sabes nada de mi padre —dijo mirando a Ricardo—. Me dijiste que jamás lo habías conocido.
Ricardo permaneció en silencio.
Elena cerró los ojos durante un instante.
Ahora entendía mucho más de lo que había visto al llegar.
Aquella escena junto a la piscina no era lo que ella había imaginado.
Tal vez era peor.
—¿Tu padre? —preguntó Elena.
Lucía asintió.
—Estoy buscando a mi padre desde que murió mi madre.
Ricardo dio un paso hacia ella.
—Lucía, no hagas esto.
—Mi madre se llamaba Ana Mendoza.
Elena dejó de respirar.
Treinta años desaparecieron de repente.
Volvió a verse joven, sentada en la cocina de un apartamento diminuto, mientras una mujer llamada Ana lloraba frente a ella.
Recordó una noche de lluvia.
Una discusión.
Una puerta cerrándose.
Y a Ricardo asegurándole que jamás volverían a escuchar aquel nombre.
—Tú conocías a mi madre —dijo Lucía.
No era una pregunta.
Elena miró a Ricardo.
—¿Qué le has contado?
—Nada.
Lucía soltó una carcajada amarga.
—Exactamente. Nada. Siempre nada.
Se volvió hacia Elena.
—Hace seis meses encontré una fotografía de mi madre con Ricardo. Él aparecía detrás de ella junto a otros hombres. Vine a preguntarle quién era. Me dijo que apenas la conocía.
Elena apretó el sobre.
—¿Y por eso estabas aquí?
Lucía miró su bikini y después la piscina.
Por primera vez pareció avergonzada.
—Él dijo que hoy me contaría toda la verdad. Estuvimos hablando durante horas. Bebimos vino. Yo estaba esperando.
Elena volvió a mirar a Ricardo.
—¿La verdad?
Ricardo no respondió.
Ella levantó el sobre.
—¿O una nueva mentira?
Ricardo dio otro paso adelante.
—Dámelo.
—No.
—Ese documento no te pertenece.
Elena sonrió con tristeza.
—Lleva treinta años escondido porque tú me pediste que lo guardara.
Lucía se acercó.
—¿Qué documento?
Elena dudó.
Durante tres décadas había protegido a Ricardo.
Incluso después de descubrir pequeñas mentiras.
Incluso después de aprender que algunas noches de su matrimonio nunca habían tenido una explicación convincente.
Pero aquella tarde entendió algo.
El silencio también podía convertirse en una forma de mentira.
Sacó varias hojas del sobre.
La primera era una fotografía.
Se la entregó a Lucía.
La joven la tomó.
Su rostro perdió el color.
En la fotografía aparecía su madre, Ana, mucho más joven.
A su lado estaba Ricardo.
Y entre ellos había otro hombre.
Lucía acercó la fotografía a su rostro.
—Ese es mi padre.
Ricardo bajó la mirada.
Lucía miró la parte trasera de la foto.
Había tres nombres escritos con tinta azul.
Ana Mendoza.
Ricardo Salvatierra.
Gabriel Ortega.
Lucía susurró:
—Gabriel…
Elena observó a Ricardo.
—Díselo.
Ricardo permaneció callado.
—¡Díselo! —repitió Elena.
Lucía comenzó a respirar rápidamente.
—¿Quién era Gabriel Ortega?
Ricardo se sentó en una silla junto a la piscina.
De repente parecía diez años mayor.
—Era mi hermano.
Lucía quedó paralizada.
—¿Tu hermano?
Elena sintió un escalofrío.
Aquella era la primera vez en treinta años que Ricardo pronunciaba en voz alta aquella verdad.
—Gabriel era mi hermano menor —continuó él—. Y amaba a tu madre.
Lucía se llevó una mano a la boca.
—Entonces…
Ricardo levantó la mirada.
—Yo soy tu tío.
El silencio cayó sobre la villa.
Pero Elena no se movió.
Sabía que aquello todavía no era todo.
—Continúa —dijo.
Ricardo la miró.
—No.
—Has empezado. Termínalo.
Lucía tenía lágrimas en los ojos.
—¿Dónde está mi padre?
Ricardo negó lentamente.
—Murió.
La joven dio un paso atrás.
—Mi madre dijo que nos había abandonado.
—Tu madre no sabía toda la verdad.
Elena cerró los puños.
—Ricardo.
Él la miró.
—No.
Elena sacó el último papel del sobre.
Ricardo se levantó de golpe.
—¡No se lo enseñes!
Lucía lo miró aterrorizada.
—¿Qué es?
Elena desplegó la hoja.
Era una vieja declaración firmada.
Abajo aparecía el nombre de Ricardo.
Lucía intentó leerla.
—¿Qué hiciste?
Ricardo caminó hacia Elena.
—Fue un accidente.
Lucía se quedó congelada.
—¿Qué accidente?
Elena miró el documento y luego a Ricardo.
—Eso es lo que llevas treinta años diciendo.
Ricardo levantó la voz.
—¡Porque fue la verdad!
—Entonces ¿por qué mentiste a la policía?
Lucía dejó caer la fotografía.
El viento la arrastró algunos centímetros por la piedra húmeda.
—¿Policía?
Ricardo cerró los ojos.
Elena sostuvo el documento frente a él.
—Aquella noche, Gabriel no desapareció.
Lucía parecía incapaz de respirar.
—¿Qué le pasó?
Ricardo miró hacia la piscina.
Durante unos segundos nadie habló.
Finalmente dijo:
—Tuvimos una discusión.
—¿Por qué? —preguntó Lucía.
Ricardo tragó saliva.
—Dinero.
Elena negó con la cabeza.
—No.
Ricardo la miró furioso.
—Elena.
—Ya basta.
Lucía observó a ambos.
—¿Sobre qué discutían?
Elena respondió:
—Sobre tu madre.
Ricardo golpeó la mesa con la mano.
—¡Cállate!
Lucía retrocedió.
—¿Qué tenía que ver mi madre?
Elena miró a aquella joven.
Treinta años de secretos parecían concentrarse en sus ojos.
—Gabriel quería marcharse con Ana.
Lucía esperó.
—¿Y?
—Y alguien no quería permitirlo.
Ricardo se acercó rápidamente.
—Elena, dame el documento.
Pero ella lo apartó.
—Aquella noche Gabriel cayó desde un embarcadero.
Lucía palideció.
—¿Cayó?
Elena miró directamente a Ricardo.
—Eso dijo él.
Ricardo respiraba con dificultad.
—¡Porque eso ocurrió!
Lucía tomó el documento de las manos de Elena.
Leyó las primeras líneas.
Después las siguientes.
Sus labios comenzaron a temblar.
—Aquí dice que tú fuiste la última persona que estuvo con él.
Ricardo guardó silencio.
—Y que cambiaste tu declaración dos veces.
Ricardo no respondió.
Lucía levantó la mirada.
—¿Mataste a mi padre?
Elena sintió que incluso el sonido del agua había desaparecido.
Ricardo miró a Lucía durante mucho tiempo.
Después dijo algo que Elena jamás había escuchado.
—No.
Lucía soltó el aire.
Pero Ricardo continuó:
—Yo intenté salvarlo.
Elena frunció el ceño.
—¿Qué?
Ricardo se volvió hacia ella.
—Tú tampoco sabes toda la historia.
Elena quedó inmóvil.
Ricardo señaló el viejo bolso.
—Hay algo más dentro.
Elena lo miró.
—No.
—Sí.
—Yo conozco todo lo que hay en ese bolso.
—No desde esta mañana.
Elena abrió lentamente el compartimento interior.
Encontró un pequeño sobre blanco.
No era suyo.
Su nombre estaba escrito en la parte frontal.
ELENA.
Las manos comenzaron a temblarle.
—¿Cómo ha llegado esto aquí?
Ricardo miró a Lucía.
—Porque yo sabía que vendrías.
Elena levantó la cabeza.
—¿Qué significa eso?
Ricardo ya no parecía sorprendido.
Ya no parecía un hombre descubierto por accidente.
Parecía alguien que llevaba horas esperando exactamente aquel momento.
Lucía dio un paso hacia Elena.
—Ábrelo.
Elena rompió el sobre.
Dentro había una fotografía reciente.
La miró.
Y sintió que las piernas dejaban de responderle.
El hombre de la fotografía tenía el cabello completamente blanco.
Era anciano.
Pero no había ninguna duda.
Tenía los mismos ojos que Ricardo.
Y los mismos que Lucía.
En la esquina inferior aparecía una fecha.
Hacía apenas tres semanas.
Elena levantó la mirada lentamente.
—Esto es imposible.
Ricardo asintió hacia la fotografía.
—No, Elena.
Lucía tomó la imagen.
Sus labios se separaron.
—¿Quién es?
Ricardo miró directamente a la joven.
Su voz se volvió casi un susurro.
—Tu padre.
Lucía dejó escapar un sonido ahogado.
—Pero acabas de decir que murió.
Ricardo negó.
—Eso es lo que todos debían creer.
Elena sintió frío a pesar del sol.
—¿Gabriel está vivo?
Ricardo miró hacia la entrada de la villa.
—Sí.
En ese preciso instante se escuchó el sonido de una puerta abriéndose detrás de ellos.
Los tres se giraron.
Una larga sombra apareció sobre las baldosas.
Lucía dejó caer la fotografía.
Elena se llevó una mano al pecho.
Y Ricardo murmuró:
—Llegas tarde, hermano.
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Pero cuando Elena vio al hombre que acababa de entrar en el patio, comprendió que el secreto de aquella familia era mucho más oscuro que una simple traición.
Porque Gabriel no venía solo.