EL POLICÍA ROMPIÓ EL DOCUMENTO DELANTE DE LUCÍA Y SE RIÓ… PERO CUANDO ELLA ABRIÓ LA GUANTERA, RAFAEL MIRÓ LO QUE HABÍA DENTRO Y DEJÓ DE RESPIRAR

—Entonces mire esto.
Lucía tiró lentamente de la guantera.
Rafael seguía inclinado junto a la ventanilla.
Su sonrisa continuaba allí.
Segura.
Satisfecha.
Como la de un hombre convencido de haber eliminado el único problema que tenía delante.
La tapa bajó.
Dentro había una carpeta negra.
Nada más.
Rafael soltó una pequeña carcajada.
—¿Eso es todo?
Lucía sacó la carpeta.
—Todavía puede marcharse.
—¿Perdón?
—Le estoy dando una oportunidad.
El policía miró los trozos de papel esparcidos sobre el asfalto.
—La oportunidad la tenía usted.
Señaló la carretera.
—Ahora circule.
Lucía abrió la carpeta.
Rafael dejó de sonreír.
Dentro había otro documento.
Exactamente igual al que acababa de romper.
—No…
Lucía levantó una ceja.
—¿Qué ocurre?
Rafael miró al suelo.
Luego al documento.
—Era una copia.
—Sí.
—¿Por qué llevaba dos?
—No llevaba dos.
La expresión del policía cambió.
—Entonces ¿qué es eso?
—El original.
Silencio.
Rafael intentó tomarlo.
Lucía retiró la mano.
—No vuelva a tocarlo.
—Señora, entrégueme ese documento.
—Hace treinta segundos dijo que ya no servía.
—He cambiado de opinión.
—Yo no.
Rafael miró alrededor.
La carretera estaba vacía.
Bosque a ambos lados.
Ningún coche cerca.
Lucía notó el movimiento de sus ojos.
—No está pensando en hacer otra estupidez, ¿verdad?
Rafael apretó la mandíbula.
—Baje del coche.
—¿Por qué?
—Control policial.
—Ya me ha controlado.
—Ahora es una orden.
Lucía lo miró fijamente.
—¿Con qué motivo?
—No tengo que explicárselo.
Ella sonrió.
—Ese es su segundo error.
—¿Cuál fue el primero?
Lucía señaló los papeles rotos.
—Creer que nadie estaba mirando.
Rafael quedó inmóvil.
—¿Qué quiere decir?
Lucía tocó un pequeño botón junto al retrovisor.
Una luz azul comenzó a parpadear.
Rafael palideció.
—¿Eso es una cámara?
—Tres.
—Apáguelas.
—No.
—¡Apáguelas!
—La grabación ya está subida.
Rafael retrocedió.
Por primera vez parecía nervioso.
—¿A dónde?
Lucía no respondió.
—¿A dónde la ha enviado?
—A alguien que llevaba meses esperando que usted hiciera exactamente esto.
El policía miró los trozos del documento.
—¿Quién es usted?
Lucía cerró la carpeta.
—Eso debería haberlo preguntado antes de romper pruebas oficiales.
Rafael respiró profundamente.
—No eran pruebas.
—¿No?
—Era un papel sin validez.
—Curioso.
—¿Qué?
—Porque hace cinco minutos me ofreció quinientos euros para entregárselo.
Rafael miró bruscamente hacia la cámara.
—Está mintiendo.
—También quedó grabado.
Silencio.
—Yo nunca…
—«Entrégueme el documento y olvide que ha visto el coche azul.»
Rafael palideció.
Lucía repitió:
—Esas fueron sus palabras.
—No sabe en qué se está metiendo.
—Eso también quedó grabado.
El policía se apartó de la ventanilla.
—Circule.
—¿Ya no quiere detenerme?
—Váyase.
—Qué cambio tan repentino.
—He dicho que se vaya.
Lucía guardó la carpeta sobre sus piernas.
—No puedo.
—¿Por qué?
—Porque usted rompió un documento bajo custodia judicial.
Rafael quedó quieto.
—¿Judicial?
—Sí.
—Eso es imposible.
—¿Por qué?
—Porque ese documento nunca llegó al juzgado.
Lucía sonrió.
—Exacto.
Rafael comprendió demasiado tarde que acababa de admitir algo.
Su rostro perdió color.
—Yo…
—Gracias.
—¿Por qué?
—Necesitábamos confirmar quién había interceptado la primera copia.
El policía retrocedió.
—¿Necesitábamos?
Lucía abrió la puerta.
Salió del coche.
Su vestido rojo contrastaba con el bosque oscuro.
Rafael dio un paso atrás.
—No se acerque.
—Tranquilo.
Lucía levantó las manos.
—No llevo ningún arma.
—¿Quién es usted?
Esta vez ella respondió:
—Fiscal Lucía Navarro.
El silencio de la carretera se volvió enorme.
Rafael la miró durante varios segundos.
Después comenzó a reír.
Pero su risa era nerviosa.
—No.
Lucía sacó una identificación.
—Sí.
Rafael la examinó desde lejos.
—Una fiscal no haría una operación sola.
—Correcto.
La sonrisa de Rafael murió.
Miró hacia el bosque.
—¿Dónde están?
—Cerca.
—¿Quiénes?
—Las personas que llevan seis meses siguiéndole.
Rafael metió lentamente una mano hacia su cinturón.
Lucía lo vio.
—No lo haga.
Él se detuvo.
—Solo voy a coger mi radio.
—Entonces hágalo muy despacio.
Rafael retiró la mano.
—¿Por qué me investigan?
Lucía lo observó.
—¿Prefiere la lista corta o la larga?
—No he hecho nada.
—Extorsión.
—Mentira.
—Destrucción de pruebas.
—Ese papel no prueba nada.
—Cohecho.
—No.
—Filtración de operaciones policiales.
Rafael guardó silencio.
Lucía añadió:
—Y posiblemente homicidio.
El policía perdió el color.
—¿Homicidio?
—Ahora sí le interesa.
—Está loca.
—¿Conoce a Samuel Ortega?
Rafael miró hacia otro lado.
Lucía lo vio.
—Lo conoce.
—Miles de personas se apellidan Ortega.
—Samuel tenía treinta y seis años.
Silencio.
—Encontraron su coche abandonado hace ocho meses.
—No sé nada.
—Era inspector de asuntos internos.
Rafael tragó saliva.
—No lo conocía.
—Tenía una fotografía de usted.
—Eso no significa nada.
—Y una nota.
Lucía abrió la carpeta.
Sacó una fotografía.
Samuel junto a una gasolinera.
Al fondo aparecía Rafael hablando con otro policía.
—¿Quién es el hombre que está con usted?
Rafael no respondió.
—Comisario Álvaro Mendoza.
El agente levantó la mirada.
—No diga ese nombre aquí.
Lucía frunció el ceño.
—¿Por qué?
—Porque no sabe quién puede escuchar.
—Pensé que estaba sola.
Rafael miró hacia el bosque.
—Usted no entiende nada.
Por primera vez, no parecía amenazante.
Parecía asustado.
Lucía notó el cambio.
—Entonces explíquelo.
—No puedo.
—Puede hacerlo ahora.
—No.
—Rafael.
—¡No!
El policía respiró con dificultad.
—Si alguien descubre que hablé con usted, no llego vivo a mañana.
Lucía guardó silencio.
Aquello no era la reacción que esperaba.
—¿Quién?
Rafael negó.
—Váyase.
—¿Mendoza?
—He dicho que se vaya.
—¿El comisario está detrás de esto?
Rafael dio un paso hacia ella.
—Escúcheme por una vez.
Su voz ya no tenía arrogancia.
—Coja su coche. Conduzca. No se detenga hasta Madrid.
Lucía lo observó.
—Hace dos minutos quería destruir mis pruebas.
—Porque me ordenaron hacerlo.
—¿Quién?
—No importa.
—Importa mucho.
Rafael cerró los ojos.
—Samuel cometió el mismo error.
Lucía se quedó inmóvil.
—¿Qué error?
—Pensar que investigaba policías corruptos.
—¿Y qué investigaba realmente?
Rafael miró hacia la carretera vacía.
Después bajó la voz.
—Una red.
—¿Qué red?
—No solo policías.
—Continúe.
—Jueces. Empresarios. Funcionarios.
Lucía sintió frío.
—¿Para qué?
—Protección.
—¿Protección de qué?
Rafael negó.
—No puedo decir más.
—Samuel murió por descubrirlo.
El policía la miró.
—Samuel no está muerto.
Lucía dejó de respirar.
—¿Qué?
—No encontraron su cuerpo.
—Encontraron sangre.
—Plantada.
—¿Cómo lo sabe?
Rafael miró a Lucía.
—Porque yo lo saqué del coche.
Silencio.
—¿Dónde está?
—No lo sé.
—¡Rafael!
—Desapareció después.
—¿Lo ayudó?
—Sí.
—¿Por qué?
El agente soltó una risa amarga.
—Porque Samuel era mi hermano.
Lucía quedó inmóvil.
—Ortega y usted…
—Distintos padres.
—Eso no aparece en ningún registro.
—Precisamente.
Lucía intentó procesarlo.
—Entonces ¿por qué trabaja para las mismas personas que querían matarlo?
Rafael la miró fijamente.
—Porque necesitaba llegar hasta quien dio la orden.
—¿Y lo consiguió?
Silencio.
—Rafael.
—Sí.
—¿Quién fue?
Un sonido apareció a lo lejos.
Motor.
Rafael giró inmediatamente.
Su rostro cambió.
—Suba al coche.
—¿Qué?
—¡Ahora!
Una berlina gris apareció en la curva.
Rafael empujó la puerta del conductor.
—¡Entre!
Lucía dudó.
—¿Quiénes son?
—No lo sé todavía.
El vehículo se acercaba.
Rafael sacó su radio.
—Central, necesito apoyo en carretera forestal 18.
Solo estática.
—Maldita sea.
La berlina redujo velocidad.
Cristales oscuros.
Sin matrícula delantera.
Lucía entró al coche.
Rafael cerró la puerta.
—Bloquéela.
—¿Y usted?
—Haga lo que digo.
La berlina gris se detuvo unos veinte metros detrás.
Dos hombres bajaron.
Trajes oscuros.
No parecían policías.
Rafael caminó hacia ellos.
—Carretera cerrada.
Uno sonrió.
—No venimos por la carretera.
—Entonces vuelvan al coche.
El hombre miró hacia Lucía.
—Venimos por ella.
Rafael se colocó delante.
—No.
Lucía observaba desde el interior.
El segundo hombre sacó un teléfono.
Mostró una fotografía.
Lucía.
Tomada aquella misma mañana.
—Tenemos instrucciones.
Rafael endureció la mandíbula.
—¿De quién?
El hombre sonrió.
—Usted sabe de quién.
Rafael miró a Lucía.
Después dijo algo que ella apenas pudo leer en sus labios:
—Corre.
Uno de los hombres intentó avanzar.
Rafael bloqueó el paso.
Lucía arrancó el coche.
Pero entonces su teléfono vibró.
Número desconocido.
Un mensaje.
NO CONFÍES EN RAFAEL.
Lucía se quedó inmóvil.
Otro mensaje apareció.
Una fotografía.
Rafael.
Con los mismos dos hombres.
Tomada tres días antes.
Los tres estaban juntos.
Lucía sintió que el estómago se le cerraba.
Miró por el parabrisas.
Rafael seguía discutiendo con ellos.
¿Estaba protegiéndola?
¿O representando un papel?
Llegó otro mensaje.
ABRE LA CARPETA NEGRA. ÚLTIMA PÁGINA.
Lucía miró la carpeta.
La abrió.
Pasó las hojas.
Última página.
Había una fotografía que ella nunca había visto.
Samuel Ortega.
Vivo.
Fecha de hacía dos días.
Junto a él aparecía una mujer.
Lucía reconoció inmediatamente su rostro.
—No…
Era su madre.
María Navarro.
La mujer que había muerto doce años atrás.
Debajo de la fotografía había una frase escrita a mano:
LUCÍA, SI RAFAEL ROMPE LA COPIA DEL DOCUMENTO, SIGNIFICA QUE EL PLAN SIGUE FUNCIONANDO.
Lucía sintió que las manos le temblaban.
Miró otra vez hacia fuera.
Rafael se volvió.
Sus ojos encontraron los de ella.
Y lentamente negó con la cabeza.
Como si supiera exactamente qué acababa de descubrir.
Entonces el teléfono sonó.
Lucía contestó.
—¿Quién es?
Una voz femenina habló.
Una voz que Lucía no había escuchado desde que era adolescente.
—Hija.
Lucía dejó de respirar.
—Mamá…
—No hagas preguntas todavía.
—Tú estás muerta.
—Eso fue necesario.
Lucía comenzó a llorar.
—¿Dónde estás?
—Cerca.
—¿Con Samuel?
Silencio.
—Sí.
Lucía miró a Rafael.
—¿Puedo confiar en él?
Su madre tardó demasiado en responder.
—Hasta cierto punto.
—¿Qué significa eso?
—Rafael está intentando descubrir quién mató a su hermano.
—Samuel está vivo.
La voz se quedó quieta.
—¿Quién te dijo eso?
Lucía miró la fotografía.
—Tengo una foto suya.
Silencio.
—Lucía…
El tono de su madre cambió.
—Sal del coche.
—¿Qué?
—Ahora.
—¿Por qué?
—La fotografía es falsa.
Lucía sintió un escalofrío.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque Samuel Ortega murió delante de mí hace seis meses.
Lucía miró de nuevo la imagen.
El hombre parecía real.
—Entonces ¿quién es este?
María respondió:
—El mismo hombre que lleva meses haciéndose pasar por él.
Lucía levantó la mirada.
Uno de los hombres que había llegado en la berlina gris caminaba ahora hacia el coche.
Por primera vez pudo verle bien el rostro.
Era idéntico al hombre de la fotografía.
Samuel Ortega.
O alguien que llevaba su cara.
Rafael gritó:
—¡Lucía, arranca!
El falso Samuel sonrió.
Levantó una mano.
Y mostró algo.
Una segunda carpeta negra.
Exactamente igual a la de Lucía.
Entonces dijo:
—Fiscal Navarro, creo que tiene algo que me pertenece.
Lucía apretó su carpeta contra el pecho.
Y comprendió que el policía que había roto aquel documento quizá nunca había sido el verdadero peligro.
Porque alguien había preparado dos carpetas idénticas.
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Dos versiones de la misma prueba.
Y una de ellas estaba diseñada para llevarla directamente hasta la persona que había fingido la muerte de su madre durante doce años.