EL PASTOR ALEMÁN DE UNA EMBARAZADA MORDIÓ SU VESTIDO PARA IMPEDIRLE ENTRAR EN CASA… PERO CUANDO ELENA PREGUNTÓ «¿HAY ALGUIEN DENTRO?», SU MARIDO MUERTO RESPONDIÓ BAJO EL SUELO

Elena Navarro salió de la pequeña casa de madera sujetándose la espalda con una mano. Estaba embarazada de ocho meses y cualquier movimiento le exigía un esfuerzo enorme. El sol iluminaba el patio, los pájaros cantaban entre los árboles y, durante unos segundos, todo pareció tranquilo.
Entonces Rex apareció junto a la puerta.
El pastor alemán se acercó con las orejas levantadas y el cuerpo rígido. Antes de que Elena pudiera acariciarlo, agarró con los dientes el borde de su vestido rosa y tiró de ella hacia atrás.
—¡Rex, suelta mi vestido!
El perro no obedeció.
Elena intentó liberar la tela con cuidado, temiendo que un tirón demasiado fuerte la hiciera perder el equilibrio. Rex no gruñía contra ella ni intentaba morderla. Solo mantenía el vestido atrapado entre los dientes, como si quisiera impedir que se moviera.
—¿Qué estás haciendo?
Rex tiró una vez más.
Aquello no era normal. El animal había pertenecido a Adrián, el esposo de Elena, y siempre había sido perfectamente obediente. Cuatro meses antes, Adrián murió cuando su coche cayó por un barranco durante una tormenta. Los equipos de rescate encontraron el vehículo destrozado y restos de sangre, pero el cuerpo había sido arrastrado por el río.
Rex también desapareció aquella noche.
El perro regresó tres semanas después, cubierto de barro, con una herida en el cuello y varios kilos menos. Desde entonces no se separaba de Elena. Dormía frente a su habitación, la acompañaba por la finca y ladraba cada vez que alguien se acercaba demasiado a su vientre.
Elena consiguió soltar el vestido.
Rex levantó inmediatamente la cabeza y miró hacia la puerta abierta de la casa. Sus orejas quedaron completamente inmóviles. Cerró la boca y contuvo la respiración.
—¿Qué te pasa, Rex?
Desde el interior llegó un leve crujido.
Elena pensó que podía ser una ventana movida por el viento. Dio media vuelta y avanzó hacia la entrada. Apenas puso un pie sobre el escalón, Rex corrió delante de ella y comenzó a ladrar hacia la oscuridad.
—Déjame entrar.
El perro saltó sin tocarla y la obligó a retroceder. Elena protegió instintivamente su barriga con ambas manos.
Rex volvió a ladrar.
Esta vez, desde algún lugar bajo el suelo, se oyó un golpe.
Luego otro.
Y después un tercero.
Elena dejó de respirar.
—¿Hay alguien dentro?
Durante varios segundos no obtuvo respuesta. Solo escuchó los jadeos de Rex y el latido de su propio corazón. Entonces una voz débil atravesó las tablas de madera:
—Elena… no entres.
Las piernas le temblaron.
Conocía aquella voz.
La había escuchado cada mañana durante siete años. Era la voz que le había prometido acompañarla durante el parto. La misma que todavía aparecía en los antiguos mensajes guardados en su teléfono.
—¿Adrián?
Rex corrió hacia un lateral de la casa y comenzó a arañar la tierra junto a una pequeña rejilla de ventilación. Elena se acercó lentamente. Del agujero salía un olor extraño, una mezcla de humedad, combustible y gas.
La voz volvió a escucharse.
—Aléjate de la casa. Van a encenderlo todo.
Elena sacó el teléfono y llamó al servicio de emergencias. Explicó que alguien estaba atrapado bajo su vivienda y que podía existir una fuga de gas. La operadora le ordenó apartarse inmediatamente y no encender ninguna luz.
Antes de terminar la llamada, un automóvil apareció por el camino de tierra.
Era Marta, la hermana mayor de Elena.
Bajó del vehículo con un maletín médico y corrió hacia ella.
—¡Dios mío! ¿Qué ha pasado?
Elena la miró, desconcertada.
—¿Cómo sabías que necesitaba ayuda?
Marta se detuvo.
—Me llamó una vecina.
La casa más cercana estaba a casi cuatro kilómetros. Ningún vecino podía ver aquel patio.
Rex abandonó la rejilla y se colocó delante de Elena. Un gruñido profundo salió de su garganta.
Marta observó al perro con evidente nerviosismo.
—Ese animal se ha vuelto peligroso. Entra conmigo. Tengo un calmante en el coche.
—Dentro huele a gas.
El rostro de Marta cambió durante una fracción de segundo.
—Entonces debemos sacar tus cosas antes de que ocurra algo.
Intentó acercarse a la puerta, pero Rex le cerró el paso.
—No entres —ordenó Elena—. Ya vienen los bomberos.
Marta apretó el maletín contra su cuerpo.
—Elena, piensa en el bebé. Estás alterada y podrías empezar con contracciones. Déjame revisarte.
Sacó una jeringa preparada.
Elena retrocedió.
—¿Por qué ya está llena?
Marta no respondió.
Rex ladró y ella dejó caer la jeringa. El líquido se derramó sobre la tierra.
Las sirenas comenzaron a escucharse a lo lejos.
Marta corrió hacia su automóvil, pero dos vehículos de la Guardia Civil bloquearon el camino. El sargento Vidal bajó acompañado por varios agentes y ordenó que nadie se acercara a la vivienda.
Los bomberos detectaron una enorme concentración de gas en la cocina. La tubería principal había sido cortada deliberadamente. Junto al calentador encontraron un dispositivo conectado a un temporizador. Faltaban menos de seis minutos para que produjera una chispa.
Si Elena hubiera entrado y encendido una sola lámpara, la casa habría explotado.
Mientras cerraban el suministro, Rex continuó arañando la rejilla. Los agentes retiraron varias tablas del suelo y descubrieron una entrada oculta bajo la despensa. Una estrecha escalera conducía a un antiguo sótano que no aparecía en los planos de la vivienda.
Allí encontraron a un hombre encadenado a una tubería.
Estaba extremadamente delgado, tenía barba y varias heridas en las muñecas. Aun así, Elena lo reconoció en cuanto los bomberos lo sacaron a la luz.
—Adrián…
Él levantó la cabeza.
—Perdóname. Intenté volver antes.
Elena cayó de rodillas y lo abrazó. Rex se tumbó junto a ellos y apoyó el hocico sobre la pierna de su dueño.
Marta observaba la escena esposada. Ya no intentaba fingir sorpresa.
En el maletero de su coche encontraron documentos falsificados, sedantes, fotografías de la finca y una copia modificada del testamento del padre de Elena. La propiedad estaba valorada en más de seis millones de euros. Según el documento auténtico, la finca pasaría al hijo de Elena cuando naciera. Pero la copia falsificada establecía que, si Elena y el bebé morían antes del parto, todo quedaría en manos de Marta.
Adrián contó lo sucedido desde la ambulancia.
La noche del supuesto accidente había descubierto que Marta transfería dinero de las cuentas familiares. Quiso denunciarla, pero alguien lo golpeó antes de llegar a la comisaría. Lanzaron su coche al barranco y utilizaron su sangre para hacer creer que había muerto.
—Rex estaba conmigo —explicó—. Intentó defenderme. Lo hirieron, pero logró escapar.
Adrián había permanecido encerrado en distintos lugares durante meses. Dos semanas antes lo trasladaron al sótano de aquella casa. No fue una coincidencia que Marta convenciera a Elena para mudarse allí durante las últimas semanas del embarazo. Necesitaba reunir a toda la familia en el mismo lugar.
—Me obligaban a firmar documentos —continuó Adrián—. Querían controlar la herencia del niño. Cuando me negué, dijeron que hoy terminarían el trabajo.
—¿Quiénes? —preguntó el sargento Vidal.
Adrián miró a Marta.
—Ella nunca actuó sola.
Marta bajó la cabeza y permaneció en silencio.
Los agentes revisaron el dispositivo incendiario. No tenía huellas de Marta, pero sí una marca grabada en el temporizador: un pequeño círculo atravesado por tres líneas. Adrián palideció al verla.
—Ese símbolo estaba en el anillo del hombre que me vigilaba.
Vidal pidió una descripción, pero Adrián solo recordaba una voz tranquila, guantes negros y un perfume parecido al tabaco. Nunca había visto su rostro.
Marta fue trasladada en un vehículo policial. Antes de entrar, miró a Elena y sonrió de una manera que le heló la sangre.
—Crees que Rex te ha salvado —dijo—. En realidad, acaba de mostrarles dónde encontrarte.
—¿Quién quiere encontrarme?
—No es a ti a quien buscan.
Marta dirigió la mirada hacia su vientre.
Un agente la obligó a subir al coche antes de que pudiera decir algo más.
Elena comenzó a sentir contracciones. Los médicos aseguraron que podían haber sido provocadas por el miedo y decidieron trasladarla al hospital. Adrián fue enviado en otra ambulancia porque necesitaba atención urgente tras meses de cautiverio.
Cuando colocaron a Elena en la camilla, Rex intentó subir con ella. Un sanitario lo apartó y cerró las puertas.
—Tranquila —dijo el conductor desde la parte delantera—. Llegaremos en veinte minutos.
La ambulancia comenzó a moverse.
Elena miró por la ventana trasera. Rex corría detrás del vehículo, ladrando con desesperación. Al principio pensó que solo quería acompañarla, pero el perro no dejaba de mirar al conductor.
Su teléfono vibró.
Había recibido un mensaje de voz enviado desde el número de Marta segundos antes de que la policía le retirara el móvil.
Elena pulsó reproducir.
—Escúchame —susurraba su hermana—. Yo manipulé el testamento, pero no preparé la explosión. El hombre del anillo dijo que enviaría una ambulancia cuando todo terminara. Necesita que el bebé nazca vivo.
El mensaje acabó.
Elena levantó lentamente la vista.
En el espejo retrovisor vio la mano del conductor sobre el volante. En uno de sus dedos llevaba un anillo negro con un círculo atravesado por tres líneas.
Elena buscó el botón de emergencia, pero no funcionaba.
El hombre bloqueó las puertas y tomó una carretera diferente a la del hospital.
—¿Adónde me lleva? —preguntó ella.
El conductor la observó a través del espejo.
—A conocer al verdadero padre de su hijo.
En ese instante, Rex apareció corriendo junto a la ambulancia y saltó contra la puerta lateral.
Elena protegió su vientre.
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Debajo de la camilla, algo comenzó a emitir un pitido.
Y el conductor sonrió.