DANIEL LE DIO AGUA Y UNA PASTILLA A LUCÍA ANTES DE SALIR DEL DORMITORIO… PERO CUANDO ELLA RECORDÓ EL COLOR DEL MEDICAMENTO, SUSURRÓ: «ESA NO ERA MI PASTILLA»

—Esa no era mi pastilla.
Lucía esperó.
Uno.
Dos.
Tres segundos.
Los pasos de Daniel se alejaron por el pasillo.
La puerta quedó entreabierta.
Ella seguía sentada contra el cabecero, con las manos sobre la manta blanca.
El corazón le latía demasiado rápido.
No por la enfermedad.
Por miedo.
Miró hacia el suelo.
Luego hacia la puerta.
Después llevó la mano a la boca.
Todavía sentía un sabor amargo en la lengua.
—No…
Su medicación habitual era azul.
Siempre azul.
Aquella pastilla había sido blanca.
Pequeña.
Sin marca.
Y Daniel había insistido en verla tragar.
Lucía se inclinó hacia delante.
El mareo regresó.
Se agarró al borde de la cama.
—Piensa.
La noche anterior recordaba perfectamente a la enfermera diciendo:
«Una por la mañana. Azul. Siempre con comida.»
Lucía no había comido.
Y Daniel acababa de darle una pastilla distinta.
Intentó ponerse de pie.
Las piernas no respondieron.
Volvió a sentarse.
Entonces recordó algo.
No había tragado completamente.
Justo cuando Daniel le había colocado la pastilla sobre la lengua, ella la había empujado contra la cara interna de la mejilla.
Después bebió.
Daniel creyó que la había tragado.
Lucía metió dos dedos en la boca.
La encontró.
Húmeda.
Casi deshecha.
La sacó.
La sostuvo entre los dedos.
Blanca.
—¿Qué demonios me has dado?
Buscó algo donde guardarla.
No podía dejarla a la vista.
Abrió el cajón de la mesilla.
Vacío.
Segundo cajón.
Una caja de pañuelos.
Un cargador.
Y una fotografía.
Lucía se quedó inmóvil.
La sacó.
Daniel.
Mucho más joven.
Tal vez veinte años.
Junto a una mujer rubia.
Detrás había una fecha.
2014.
Y un nombre:
ELENA VEGA.
Lucía frunció el ceño.
Elena.
La hermana de Daniel.
Según él, muerta hacía años.
Lucía giró la foto.
Había una frase escrita a mano:
SI LUCÍA DESPIERTA, NO DEJES QUE RECUERDE LA CASA.
Lucía dejó de respirar.
—¿Qué casa?
Guardó la pastilla dentro de un pañuelo.
Después escondió la fotografía bajo la manta.
Un ruido en el pasillo.
Lucía se tumbó rápidamente.
Cerró los ojos.
Daniel regresó.
Llevaba el vaso vacío.
Se acercó.
—¿Lucía?
Ella no respondió.
Él permaneció quieto.
Lucía sintió su presencia.
Después una mano sobre su frente.
—Perfecto.
Aquella palabra la heló.
Daniel salió de nuevo.
Esta vez cerró la puerta.
Lucía abrió los ojos.
—Perfecto para qué…
Esperó varios minutos.
Luego se levantó.
Despacio.
Las piernas seguían débiles, pero podía caminar.
Llegó hasta la puerta.
Cerrada.
Probó el pomo.
Bloqueada desde fuera.
—Daniel.
Nada.
Golpeó.
—Daniel.
Silencio.
Miró alrededor.
La ventana.
Caminó hasta ella.
Tercer piso.
Imposible salir.
Entonces vio algo reflejado en el cristal.
Una pequeña luz roja.
Encima del armario.
Lucía se giró.
Una cámara.
—Me estás vigilando.
Arrastró una silla.
Subió.
La cámara tenía una tarjeta de memoria.
La sacó.
Bajó.
Su teléfono había desaparecido, pero había un portátil dentro del armario.
Viejo.
Sin contraseña.
Introdujo la tarjeta.
Carpetas.
Fechas.
Vídeos.
Lucía abrió el más reciente.
Ella misma.
Durmiendo.
Daniel entraba.
Miraba su reloj.
Le tomaba el pulso.
Después hablaba por teléfono.
El audio era bajo.
Lucía subió el volumen.
—Sí. Sigue sin recordar.
Pausa.
—No, todavía no sabe quién es Elena.
Lucía sintió frío.
Daniel continuó:
—La dosis de esta noche debería borrar lo que queda.
Lucía apartó las manos del teclado.
—Borrar…
Siguió escuchando.
—No puedo mantenerla aquí mucho más.
Pausa.
—Si vuelve a recordar la casa, estamos acabados.
Lucía cerró el vídeo.
Tenía ganas de gritar.
Pero se obligó a pensar.
Abrió otra grabación.
Tres días antes.
Daniel y un hombre mayor estaban dentro del dormitorio.
Lucía dormía.
El hombre preguntó:
—¿Cuánto recuerda?
Daniel respondió:
—Fragmentos.
—¿La boda?
—No.
—¿La carretera?
—No.
—¿A Elena?
Daniel dudó.
—Tal vez.
El hombre maldijo.
—Entonces aumenta la dosis.
Daniel negó.
—Ya está demasiado débil.
—No me importa.
Lucía pausó.
Amplió la imagen.
El hombre.
Lo conocía.
—Doctor Salvatierra…
Su médico.
El hombre que le había dicho que había sufrido una crisis nerviosa.
Que necesitaba descansar.
Que Daniel debía supervisarla.
Lucía sintió náuseas.
Todo era mentira.
Abrió otra carpeta.
Nombre:
CASA DEL LAGO.
La misma frase de la fotografía.
«No dejes que recuerde la casa.»
Lucía abrió.
Imágenes.
Una enorme casa blanca junto a un lago.
Personas vestidas elegantemente.
Una fiesta.
Ella.
Con un vestido rojo.
Daniel.
Elena.
Y otro hombre.
Lucía acercó la cara a la pantalla.
—Álvaro…
Su marido.
O eso creía.
¿Por qué no recordaba su rostro?
Otra fotografía.
Lucía y Álvaro besándose.
Una alianza en su mano.
Fecha: seis meses antes.
Lucía miró su dedo.
No había anillo.
—Daniel me dijo que nunca estuve casada.
La respiración se le aceleró.
Abrió un vídeo.
La fiesta de la casa del lago.
Música.
Risas.
Elena apareció frente a cámara.
Viva.
Sonriendo.
Lucía se acercó.
—Elena…
En el vídeo, Elena habló con alguien fuera de cuadro.
—Esta noche se lo contaré.
La voz de Daniel respondió:
—No.
—Tiene derecho a saberlo.
—No todavía.
—Lucía cree que Álvaro es quien dice ser.
Daniel bajó la voz.
—Y es mejor así.
Lucía pausó.
—¿Quién era Álvaro?
Reprodujo.
Elena dijo:
—Si descubre que su marido trabaja para Salvatierra, se marchará.
Lucía se quedó inmóvil.
Su marido trabajaba para su médico.
El vídeo continuó.
Daniel agarró a Elena del brazo.
—Si hablas, todos estamos en peligro.
—Lucía también.
—Precisamente por eso.
Elena se soltó.
—No voy a permitir que sigáis drogándola.
La pantalla se volvió negra.
Lucía dejó de respirar.
—Drogándome.
Antes de aquella noche.
Antes de ahora.
Esto llevaba tiempo ocurriendo.
Se escuchó una llave.
Lucía cerró el portátil.
Guardó la tarjeta en el sujetador.
Se tumbó.
Daniel entró.
Traía una bandeja.
Sopa.
Pan.
Otra pastilla.
Azul.
Esta vez sí era la que Lucía recordaba.
Daniel sonrió.
—¿Cómo te encuentras?
Lucía fingió debilidad.
—Cansada.
—Es normal.
—¿Qué me diste antes?
Daniel se quedó quieto un instante.
Solo un instante.
—Tu medicación.
—Parecía distinta.
—Cambiaron el laboratorio.
Lucía asintió lentamente.
—Claro.
Daniel dejó la bandeja.
—Come.
Ella miró la pastilla azul.
—¿Y esa?
—La de la noche.
—Pero todavía es de día.
Daniel la observó.
Lucía supo que había cometido un error.
—Has dormido muchas horas.
—¿Sí?
—Sí.
Daniel sonrió.
—Come.
Lucía tomó la cuchara.
Él no se movió.
—¿Vas a quedarte mirándome?
—Hasta que termines.
—¿Por qué?
—Porque te conozco.
Lucía levantó la mirada.
—¿De verdad?
La sonrisa de Daniel desapareció.
—¿Qué significa eso?
—Nada.
Daniel se acercó.
—Lucía.
Ella bajó la mirada.
—Solo estoy cansada.
Él le tocó la barbilla.
—¿Has recordado algo?
—No.
—Mírame.
Lucía levantó los ojos.
—No recuerdo nada.
Daniel la estudió.
Después sonrió.
—Bien.
Se giró.
Lucía preguntó:
—¿Quién es Elena?
Daniel se detuvo.
Silencio.
Lucía sintió que había ido demasiado lejos.
Él se volvió lentamente.
—¿Dónde has oído ese nombre?
—No sé.
—Lucía.
—Quizá soñé con ella.
Daniel se acercó.
—¿Qué soñaste?
—Una mujer.
—¿Cómo era?
—Rubia.
Daniel palideció.
Lucía entendió.
—La conoces.
—No.
—Acabas de cambiar de cara.
—Estás confundida.
—Daniel.
Él cerró los ojos.
—Elena era mi hermana.
—¿Era?
—Murió.
—¿Cómo?
—Accidente.
—¿En una casa junto a un lago?
Daniel dejó de respirar.
La habitación quedó completamente en silencio.
—¿Quién te ha dicho eso?
Lucía retrocedió contra el cabecero.
—Así que existe.
Daniel cerró la puerta.
—Escúchame.
—No te acerques.
—Lucía.
—¿Qué ocurrió allí?
Daniel dio otro paso.
—Necesitas descansar.
—¡No quiero descansar!
—Baja la voz.
—¿Por qué? ¿Porque Salvatierra podría oírme?
Daniel se congeló.
Lucía sintió miedo.
Ya no podía fingir.
—Lo sé.
—¿Qué sabes?
—Me estabais drogando.
Daniel miró el armario.
Después la cámara.
Entendió.
—Sacaste la tarjeta.
Lucía no respondió.
—Dámela.
—No.
—Lucía.
—¿Dónde está Álvaro?
Daniel apretó la mandíbula.
—Muerto.
Lucía sintió un golpe.
—Mientes.
—No.
—¿Lo mataste?
—No.
—¿Salvatierra?
Daniel bajó la mirada.
—No exactamente.
—Entonces ¿quién?
Daniel se sentó en el borde de la cama.
Por primera vez parecía cansado.
Realmente cansado.
—Tú.
Lucía dejó de respirar.
—¿Qué?
—Álvaro murió por tu culpa.
—No.
—No dije que lo mataras.
—Entonces habla.
Daniel la miró.
—La noche de la casa del lago descubriste todo.
—¿Qué?
—Que Álvaro llevaba años vigilándote.
—¿Por qué?
—Por tu padre.
Lucía frunció el ceño.
—Mi padre murió cuando yo era niña.
Daniel negó.
—No.
Aquella palabra volvió a romper el mundo.
—Está vivo.
—¿Dónde?
—No lo sé.
—Mientes.
—Salvatierra tampoco lo sabe.
—Entonces ¿por qué me vigilaban?
—Porque tu padre robó algo.
—¿Qué?
Daniel se levantó.
—Un archivo.
—¿Qué archivo?
—Nombres. Cuentas. Médicos. Jueces. Empresas.
Lucía tragó saliva.
—¿Y yo lo tenía?
—Él te lo dio.
—No recuerdo nada.
—Porque conseguiste exactamente lo que querías.
—¿Qué?
Daniel la miró.
—Me pediste que borrara tu memoria.
Lucía soltó una risa nerviosa.
—No.
—Sí.
—Jamás haría eso.
—Me rogaste.
—¿Por qué?
Daniel guardó silencio.
—¿Por qué?
—Porque sabías dónde estaba tu padre.
Lucía se quedó inmóvil.
—Y si Salvatierra conseguía sacarte la información…
—Lo encontraría.
Daniel asintió.
Lucía comenzó a comprender.
—Entonces las pastillas…
—Al principio fueron idea tuya.
—¿Y ahora?
Daniel no respondió.
—Daniel.
—Ahora Salvatierra no quiere que recuperes nada.
—Pero tú sí.
Silencio.
Lucía lo miró.
—Por eso me diste una pastilla diferente.
Daniel se acercó.
—No era para borrarte la memoria.
—¿Entonces?
—Era para recuperarla.
Lucía se quedó inmóvil.
—¿Qué?
—Salvatierra cree que sigues tomando el tratamiento original.
—¿Me has estado engañando a mí o a él?
Daniel respondió:
—A los dos.
Lucía soltó el aire.
—¿Por qué?
Daniel sacó algo del bolsillo.
Una alianza.
La colocó sobre la cama.
Lucía reconoció el anillo de las fotografías.
—Álvaro.
—Antes de morir me dio esto.
Dentro había una diminuta tarjeta.
—¿Qué contiene?
—Un vídeo.
Daniel sacó su teléfono.
Insertó la tarjeta.
Álvaro apareció.
Golpeado.
Asustado.
—Lucía, si estás viendo esto, significa que Daniel decidió ayudarte.
Lucía comenzó a llorar.
—Álvaro…
—Lo siento por todo lo que hice.
Pausa.
—Pero hay algo peor.
La cámara tembló.
—Salvatierra no buscaba a tu padre.
Daniel frunció el ceño.
—¿Qué?
Álvaro continuó:
—Buscaba a Elena.
Daniel palideció.
—Mi hermana está muerta.
El vídeo respondió como si hubiera escuchado:
—Elena está viva.
Daniel dejó caer el teléfono casi de inmediato.
Lucía lo agarró.
Álvaro continuó:
—Y ella sabe dónde está el archivo.
La grabación terminó con una ubicación.
Una dirección.
Lucía la reconoció.
—La casa del lago.
Daniel miró el reloj.
—Tenemos que irnos.
Lucía bajó de la cama.
—Ahora.
—Apenas puedes caminar.
—Entonces ayúdame.
Daniel abrió la puerta.
Un hombre estaba al otro lado.
Doctor Salvatierra.
Sonriendo.
Dos enfermeros detrás.
—No hará falta.
Daniel se interpuso.
—¿Cuánto llevas ahí?
—Lo suficiente.
Salvatierra miró a Lucía.
—Veo que la nueva pastilla ha funcionado.
Ella retrocedió.
—Sabías que Daniel la cambió.
—Claro.
Daniel palideció.
—Me usaste.
—Desde el principio.
Salvatierra entró.
—Lucía necesitaba recordar una cosa.
—¿Cuál?
El médico sonrió.
—Dónde escondió a Elena.
Lucía negó.
—No lo sé.
—Todavía.
Salvatierra señaló la pastilla húmeda que Lucía había escondido.
El pañuelo había caído junto a la cama.
—Pero eso sí era un problema.
Lucía miró a Daniel.
—No la tragué.
Salvatierra empezó a reír.
—No importaba.
—¿Qué?
—Nunca estuvo en la pastilla.
Lucía sintió frío.
El médico levantó el vaso que Daniel había dejado antes.
—Estaba en el agua.
Daniel palideció.
—No.
Lucía miró el vaso.
—Entonces…
Salvatierra sonrió.
—La cuenta atrás ya ha empezado.
Lucía retrocedió.
—¿Para qué?
El médico respondió:
—Para que recuerdes la noche de la casa del lago.
Pausa.
—Y especialmente quién empujó a Elena desde el balcón.
Lucía cerró los ojos.
Una imagen atravesó su mente.
Agua negra.
Cristales rotos.
Una mujer gritando.
Y sus propias manos.
Cuando volvió a abrir los ojos, miró a Daniel horrorizada.
—Yo estaba allí.
Daniel susurró:
—Sí.
—Vi quién lo hizo.
Salvatierra dio un paso.
—Dinos el nombre.
Lucía empezó a temblar.
—No…
—Lucía.
Ella miró directamente a Daniel.
—Fuiste tú.
Daniel perdió todo color.
Pero antes de que pudiera responder, una voz femenina habló desde el pasillo:
—No, Lucía.
Todos se giraron.
Una mujer rubia estaba de pie detrás de los enfermeros.
Viva.
Elena Vega.
Y añadió:
—Daniel intentó salvarme.
Lucía dejó de respirar.
Elena miró a Salvatierra.
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—El hombre que me empujó sigue en esta habitación.
Y el médico dejó de sonreír.