BRUNA PUSO LA BOTA SOBRE LA ESPALDA DE SOFÍA Y LE ARROJÓ AGUA ANTE TODAS… PERO CUANDO LA PRISIONERA SONRIÓ Y DIJO «AHORA EMPIEZA MI TURNO», NADIE VOLVIÓ A REÍR

El agua helada cayó sobre la cabeza de Sofía Medina y se extendió por el suelo de cemento. Las mujeres que rodeaban el charco estallaron en carcajadas mientras Bruna Salvatierra mantenía una bota negra sobre la espalda de la nueva prisionera.
—Más abajo, princesa —ordenó Bruna.
Sofía dobló los brazos hasta que su rostro quedó a pocos centímetros del suelo. Llevaba menos de seis horas en la prisión de Santa Lucía y ya se encontraba en el centro del ritual con el que Bruna recibía a las recién llegadas.
Todas vestían de naranja excepto Sofía. A ella le habían entregado un uniforme azul oscuro porque, según la funcionaria de admisiones, todavía no habían decidido en qué pabellón encerrarla.
Aquella explicación no convenció a nadie.
—Aquí limpias con la cara —dijo Bruna mientras volcaba el resto del agua.
Las gotas corrieron por el cabello corto y platino de Sofía. Una interna señaló sus brazos temblorosos.
—¡No puede ni levantarse!
Las carcajadas resonaron contra los armarios metálicos. Sofía clavó los dedos en el suelo, pero no intentó apartar la bota. Levantó lentamente los ojos y observó la pequeña olla que Bruna sostenía.
En la base del recipiente había tres letras grabadas: L. M. R.
Sofía llevaba ocho meses buscando esas iniciales.
Su hermana Lucía había desaparecido en aquella prisión mientras investigaba la muerte de tres reclusas. La versión oficial afirmaba que Lucía había abandonado el país después de robar dinero del juzgado. Sofía nunca lo creyó. Dos semanas antes recibió un sobre sin remitente. Dentro había una fotografía de Lucía sirviendo comida a unas internas y una frase:
«Si quieres saber dónde está, entra como una de ellas».
Sofía había hecho exactamente eso.
Aceptó declararse culpable de un delito que no había cometido, confiando en que una jueza amiga anularía la condena cuando terminara la misión. Pero desde que cruzó las puertas de Santa Lucía comprendió que alguien conocía su plan. Le habían quitado sus documentos, separado de las demás recién llegadas y vestido con aquel uniforme azul que la convertía en un objetivo.
Ahora, al ver las iniciales grabadas en la olla, supo que estaba cerca.
Lucía Medina Rivas.
Sofía dejó de temblar.
—¿Eso es todo lo que tienes? —preguntó.
Las risas cesaron poco a poco.
Bruna miró hacia abajo, sorprendida. Sofía levantó el rostro mojado y sonrió.
—Ahora empieza mi turno.
Bruna presionó con más fuerza.
—¿Tu turno para qué?
Sofía miró la olla.
—Para preguntarte dónde encontraste eso.
Por primera vez, Bruna pareció asustada. Ocultó el recipiente detrás de su pierna y retiró la bota. Las demás presas intercambiaron miradas.
—En la cocina —respondió—. Hay cientos iguales.
—No con esas iniciales.
Bruna agarró a Sofía por el cuello del uniforme, pero ella no se resistió.
—Escúchame, enana. Aquí las preguntas las hago yo.
—Entonces pregunta por qué Lucía grabó su nombre en todas sus cosas.
Bruna la soltó.
Una sirena sonó en el pasillo. Varias funcionarias entraron ordenando a las internas que regresaran a sus celdas. La última en aparecer fue la subdirectora Victoria Valdés, una mujer elegante de cabello oscuro y expresión impenetrable.
Cuando vio a Sofía mojada en el suelo, no preguntó qué había sucedido. Sus ojos se dirigieron directamente hacia la olla.
—Bruna, dámela.
La enorme prisionera obedeció sin protestar.
Sofía entendió entonces quién mandaba realmente.
Aquella noche permaneció despierta escuchando los pasos de las funcionarias. A medianoche, alguien deslizó un papel bajo su puerta.
«Si vuelves a pronunciar el nombre de Lucía, amanecerás muerta».
Sofía acercó la nota a la pequeña luz de la celda. Reconoció el mismo tipo de papel utilizado en la oficina de admisiones. En una esquina aparecía una mancha azul, idéntica a la tinta del sello de Valdés.
Guardó la nota dentro del colchón.
Minutos después oyó tres golpes en la pared. Luego dos. Después, otros tres.
Era una señal que Lucía y ella utilizaban de niñas cuando compartían habitación: peligro, silencio, espera.
Sofía pegó el oído al muro.
—¿Lucía? —susurró.
No hubo respuesta. Solo volvió a escuchar los golpes.
A la mañana siguiente, Bruna la esperaba en las duchas. Ya no sonreía.
—Ven conmigo.
La condujo hasta un almacén sin cámaras. Sofía mantuvo las manos visibles.
—¿Vas a terminar lo que empezaste?
—Si quisiera matarte, no estaríamos hablando.
Bruna sacó la olla de debajo de su uniforme.
—La encontré hace cuatro meses en la lavandería antigua. Había comida dentro.
—¿Para quién?
—No lo sé. Cada jueves alguien dejaba una bandeja detrás de una pared falsa. Un día seguí a la funcionaria que la llevaba. Era Valdés.
—¿Viste a mi hermana?
Bruna negó con la cabeza.
—Escuché a una mujer. Estaba enferma. Pedía que enviaran una carta a su familia. La semana siguiente, la pared apareció sellada.
Sofía contuvo el miedo.
—¿Por qué guardaste la olla?
—Porque Valdés paga por hacer desaparecer a las presas que saben demasiado. Pensé que algún día necesitaría una prueba.
—¿Y por qué me humillaste?
Bruna bajó la mirada.
—Valdés me ordenó comprobar cómo reaccionabas. Quería saber si eras policía.
—¿Qué le dijiste?
—Que eras una inútil.
Sofía comprendió el motivo de las carcajadas, el agua y la bota. Bruna no solo la había puesto a prueba. También había representado una escena destinada a convencer a Valdés de que Sofía no suponía una amenaza.
—Necesito llegar a esa pared —dijo Sofía.
—La lavandería está cerrada y vigilada.
—Entonces habrá que conseguir que todas miren hacia otro lado.
Esa tarde, Bruna comenzó una pelea en el comedor. Golpeó una mesa, lanzó dos bandejas y acusó a otra interna de haberle robado. Cuando las funcionarias corrieron para separarlas, Sofía cruzó una puerta de servicio.
Encontró la lavandería al final de un corredor abandonado. El lugar olía a humedad y detergente viejo. Detrás de unas máquinas cubiertas con sábanas había una pared cuyo cemento parecía más reciente.
Sofía golpeó tres veces, esperó y golpeó dos.
Desde el otro lado llegó una respuesta débil.
Tres golpes.
A Sofía se le llenaron los ojos de lágrimas.
—Lucía, soy yo.
—No abras —susurró una voz detrás del muro—. Es una trampa.
Las luces se encendieron.
Victoria Valdés estaba en la puerta con dos funcionarias.
—Tu hermana siempre fue muy inteligente —dijo—. Lástima que nunca supiera cuándo dejar de investigar.
Sofía levantó las manos.
—Si la matas, nunca encontrarás las copias.
Valdés sonrió.
—No existen copias.
—Eso pensaste cuando falsificaste los informes de las tres internas. También cuando cobraste por trasladarlas a clínicas privadas y vendiste sus identidades a una red que hacía desaparecer testigos.
El rostro de Valdés se endureció.
—¿Quién te ha contado eso?
—Tú, ahora mismo.
Sofía señaló una pequeña tubería sobre sus cabezas. Dentro había escondido el micrófono que Bruna había retirado de la sala de visitas. Pero Valdés no se asustó.
—En esta parte del edificio no hay señal.
—No necesito señal. Solo tiempo.
Un estruendo sacudió la puerta. Bruna apareció acompañada por decenas de internas. Las funcionarias intentaron contenerlas, pero ninguna obedeció.
—Te dije que ahora empezaba mi turno —murmuró Sofía.
Bruna arrancó una barra metálica de una estantería y golpeó el cemento. Las demás la ayudaron. Después de varios impactos, la pared se abrió.
Detrás había una habitación estrecha.
Lucía permanecía sentada en un colchón, extremadamente delgada, con una cadena en el tobillo. Junto a ella había cajas llenas de expedientes, fotografías y documentos.
Sofía corrió hacia su hermana.
—Pensé que estabas muerta.
—Eso querían que pensaras.
Valdés aprovechó la confusión para huir por el corredor. Sin embargo, al llegar a la salida encontró a la jueza Elena Robles y a seis agentes de Asuntos Internos. Sofía había acordado que intervinieran si no salía antes de cuarenta y ocho horas.
La subdirectora fue detenida. Las funcionarias confesaron. Los documentos escondidos demostraron que durante años varias presas habían sido declaradas muertas o trasladadas, cuando en realidad las utilizaban para asumir identidades de mujeres protegidas por la justicia.
Bruna recibió una reducción de condena por haber ayudado a liberar a Lucía. Antes de despedirse de Sofía, le devolvió la pequeña olla.
—Creo que esto es tuyo.
Sofía observó las iniciales.
—No. Guárdala tú. Te recordará que incluso una cosa pequeña puede derribar una pared.
Tres meses después, Lucía fue dada de alta. Sofía recuperó su libertad y ambas intentaron comenzar una vida nueva.
Pero una noche, Sofía recibió un paquete.
Dentro estaba su uniforme azul de la prisión, perfectamente limpio y doblado. Sobre él habían colocado una fotografía tomada el día de la humillación. En la imagen, Bruna mantenía la bota sobre su espalda mientras las demás reían.
Sofía giró la fotografía.
En el reverso había una frase escrita con tinta negra:
«VALDÉS SOLO CUIDABA LA PUERTA».
Debajo aparecían seis nombres. Cinco pertenecían a mujeres oficialmente muertas.
El sexto era el de Bruna Salvatierra.
Sofía llamó inmediatamente a la prisión.
Una funcionaria respondió después de varios tonos.
—Necesito hablar con Bruna —dijo Sofía.
Al otro lado se hizo un largo silencio.
—Bruna Salvatierra murió esta mañana.
Sofía apretó el teléfono.
—¿Cómo?
—La encontraron en la lavandería antigua. Había agua en el suelo y una olla metálica junto al cuerpo.
Antes de que Sofía pudiera responder, alguien llamó a la puerta de su casa.
Tres golpes.
Dos golpes.
Y otros tres.
La misma señal que solo ella y Lucía conocían.
Sofía miró hacia el dormitorio. Su hermana estaba dormida.
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Entonces comprendió que quien esperaba al otro lado no era Lucía.
Y que la verdadera persona que dirigía la prisión acababa de encontrarla.