ALEJANDRO EMPUJÓ A ELENA AL LAGO HELADO Y DIJO QUE ERA UNA BROMA… PERO CUANDO ELLA REVELÓ LO QUE ESCONDÍA EN SU ABRIGO, TODOS DEJARON DE REÍR

El viento descendía de las montañas con tanta fuerza que levantaba pequeños remolinos de nieve sobre el lago congelado. Elena Vargas permanecía inmóvil en el borde de la plataforma de cemento, contemplando aquella interminable superficie de hielo azul.
Detrás de ella, varias personas conversaban y reían.
Todos eran empleados de la empresa de Alejandro Cruz, su prometido. Aquel viaje había sido presentado como una celebración privada antes de la boda. Alejandro había reservado un hotel cercano y organizado una excursión al lago para fotografiarse con las montañas nevadas al fondo.
Sin embargo, desde que llegaron, Elena sintió que algo no encajaba.
Alejandro no dejaba de observar el bolsillo interior de su abrigo verde.
Allí guardaba una pequeña memoria digital que había encontrado la noche anterior en el despacho de su prometido. El dispositivo contenía contratos falsificados, transferencias bancarias y varios vídeos relacionados con la muerte de Lucía, la hermana menor de Elena.
Durante tres años, todos habían creído que Lucía murió en un accidente de tráfico. Pero uno de los vídeos mostraba su automóvil entrando en un almacén propiedad de Alejandro pocas horas antes del supuesto accidente.
Elena aún no sabía qué significaba aquello.
Solo sabía que debía salir del hotel, llegar a la ciudad y entregar la memoria a la policía.
—Estás muy seria —dijo Alejandro acercándose por detrás—. Deberías disfrutar del paisaje.
Elena no se giró.
—Hace demasiado frío. Quiero volver al hotel.
—Primero una fotografía.
—No.
Alejandro sonrió, aunque ella no podía verlo.
—Vamos, Elena. Solo será un momento.
El hombre levantó las manos lentamente. Algunos de los empleados sacaron sus teléfonos, convencidos de que Alejandro iba a abrazarla frente al lago.
Elena escuchó sus pasos acercándose.
—Alejandro… esto no tiene gracia.
Cuando intentó girarse, él apoyó las dos manos en su espalda y la empujó.
Elena perdió el equilibrio.
Durante una fracción de segundo vio el cielo gris, las montañas cubiertas de nieve y el rostro sonriente del hombre con quien debía casarse. Después cayó en la abertura del hielo.
El agua fue como una explosión de cuchillas.
El frío atravesó su ropa y le robó el aire. Elena se hundió, moviendo desesperadamente los brazos. La pesada parka comenzó a tirar de ella hacia el fondo.
Consiguió salir a la superficie y lanzó un grito.
—¡Ayudadme! ¡No siento las piernas!
Sus dedos alcanzaron el borde irregular del hielo, pero cada vez que intentaba apoyarse, la superficie se rompía bajo su peso.
Alejandro permanecía de pie sobre la plataforma.
Estaba riendo.
—¡Mírala! —dijo volviéndose hacia los demás—. Siempre tan dramática.
Dos hombres rieron con él. Una mujer levantó el teléfono y continuó grabando. Los demás se miraron con incomodidad, pero ninguno dio un paso al frente.
Elena comprendió entonces que aquello no era una broma.
Alejandro sabía lo que llevaba en el abrigo.
El bolsillo interior estaba cerrado con una cremallera impermeable, pero la memoria no resistiría mucho tiempo bajo el agua. Si Elena moría, la policía consideraría lo ocurrido un accidente provocado por una imprudencia durante una fiesta.
Y los vídeos grabados por los empleados mostrarían a Alejandro fingiendo que todo había sido un juego.
Elena levantó la cabeza y lo miró.
—Ahora sé lo que intentabas ocultar.
La sonrisa de Alejandro desapareció.
—¿De qué estás hablando?
—De Lucía.
Nadie volvió a reír.
Alejandro miró a los empleados y después se agachó junto al borde.
—Elena, dame la mano.
Ella observó la mano extendida, pero no intentó alcanzarla.
—Quieres registrar mi abrigo antes de sacarme.
—El frío te está confundiendo.
—Encontré la memoria.
El rostro de Alejandro cambió.
Fue un cambio breve, apenas visible, pero suficiente para que todos comprendieran que Elena decía la verdad.
—No sé de qué memoria hablas —respondió él.
—Está aquí dentro. Contiene los pagos que hiciste a Esteban Molina y las grabaciones del almacén.
Uno de los empleados retrocedió.
Esteban Molina había sido el conductor del camión que supuestamente chocó contra el coche de Lucía. Murió seis meses después del accidente, dejando una viuda y dos hijos. Alejandro siempre afirmó no conocerlo.
—Eso es mentira —dijo Alejandro—. Sácala antes de que se ahogue.
Pero nadie se movió.
—¡Sacadla! —ordenó, esta vez con desesperación.
Marcos, uno de los empleados, se quitó la bufanda y se arrodilló junto al agua.
—Agárrate a esto, Elena.
Alejandro lo sujetó por el hombro.
—¡No te acerques! El hielo puede romperse.
—Se está congelando.
—He dicho que esperes.
Marcos miró la mano de Alejandro y luego su rostro.
—¿Esperar a qué?
La pregunta quedó suspendida en el aire.
Elena ya no sentía los pies. Sus dedos resbalaban sobre el hielo. Sabía que le quedaban pocos minutos antes de perder la fuerza.
—Marcos —dijo con dificultad—, en el bolsillo exterior de mi abrigo hay una llave.
—¿De qué es?
—De una taquilla de la estación. Hay una segunda copia de todo.
Alejandro la miró con auténtico terror.
Elena estaba mintiendo.
No existía ninguna taquilla ni una segunda copia. Sin embargo, necesitaba que Alejandro creyera que matarla ya no resolvería su problema.
—¿Qué estación? —preguntó él.
—La policía recibirá la ubicación esta noche si no cancelo el envío.
Aquella mentira produjo el efecto que Elena esperaba.
Alejandro dejó de fingir.
Se acercó a ella y habló en voz baja.
—Dame la memoria y te sacaré.
—Primero dime qué le hiciste a mi hermana.
—No es momento para esto.
—Entonces déjame morir. Pero mañana todo el país verá esos vídeos.
Alejandro miró alrededor. Los teléfonos continuaban grabando.
—Guardad esos malditos móviles —ordenó.
Nadie obedeció.
La mujer que grababa, Sofía, levantó aún más el teléfono.
—¿Por qué quieres que dejemos de grabar?
—Porque Elena está delirando.
—No parece estar delirando.
Alejandro se abalanzó sobre ella para quitarle el móvil, pero Marcos se interpuso.
—No la toques.
La situación había cambiado por completo. Los empleados que segundos antes reían ahora observaban a su jefe como si fuera un desconocido.
Elena aprovechó la distracción para intentar impulsarse hacia arriba. El hielo volvió a romperse y su cuerpo se hundió hasta la barbilla.
—¡No puedo aguantar más! —gritó.
Marcos se tumbó sobre el cemento y lanzó su bufanda. Elena consiguió sujetarla con una mano.
Sofía se arrodilló junto a él y agarró el otro extremo. Dos empleados más se acercaron para ayudar.
Alejandro permaneció detrás de ellos.
—Si sacáis a esa mujer, todos perderéis vuestro trabajo.
Marcos lo miró sin soltar la bufanda.
—Si muere, tú perderás mucho más.
Tiraron juntos.
Elena trató de mover las piernas, pero la ropa empapada pesaba demasiado. Su pecho chocó contra el borde del hielo. Sintió que la bufanda comenzaba a deslizarse de sus dedos.
Entonces Alejandro avanzó.
Durante un instante, Elena creyó que finalmente iba a ayudarla. Pero él se inclinó hacia su bolsillo y trató de abrir la cremallera de la parka.
—¡Suéltame! —gritó ella.
Alejandro consiguió meter la mano en el bolsillo interior.
Elena le mordió la muñeca.
Él lanzó un grito y perdió el equilibrio. Una de sus rodillas atravesó la capa delgada de hielo. Marcos lo apartó de un empujón y continuó tirando de Elena.
Con un último esfuerzo, consiguieron sacarla.
Elena cayó sobre el cemento, temblando violentamente. Sofía se quitó el abrigo y la cubrió. Otro empleado llamó a emergencias.
Alejandro se puso en pie.
—Dadme esa memoria —ordenó.
Elena abrió lentamente el bolsillo interior.
Sacó el pequeño dispositivo negro y lo sostuvo entre sus dedos.
Alejandro dio un paso hacia ella.
—Elena, no entiendes lo que contiene.
—Entonces explícalo.
—Tu hermana trabajaba para personas peligrosas.
—Lucía era periodista.
—Precisamente.
Elena dejó de temblar por un segundo.
—¿Qué descubristeis?
Alejandro miró las montañas, como si estuviera calculando cuánto tiempo tardaría en llegar la policía.
—Tu hermana investigaba nuestra empresa. Encontró las cuentas, los sobornos y las propiedades compradas con identidades falsas. Me llamó y dijo que publicaría todo.
—¿Y tú ordenaste matarla?
—Yo solo quería asustarla.
—Le pagaste a Esteban.
—Él debía seguirla y recuperar los documentos. El accidente no estaba planeado.
—Pero después compraste su silencio.
Alejandro no respondió.
Sofía mantenía el teléfono enfocado hacia él.
—Todo está grabado —dijo.
Alejandro se lanzó sobre ella.
Marcos trató de detenerlo, pero recibió un golpe y cayó. Alejandro arrebató el teléfono a Sofía y lo arrojó al lago.
Luego miró la memoria que Elena sostenía.
—Dámela.
Elena intentó levantarse, pero sus piernas no respondieron.
Alejandro avanzó.
En ese momento, un sonido atravesó el silencio del lago.
Sirenas.
Dos vehículos de rescate aparecieron por el camino de montaña. Detrás de ellos venía un coche de la policía.
Alejandro retrocedió.
—¿Quién los llamó?
Sofía sacó otro teléfono del bolsillo.
—Comencé a transmitir en directo cuando empujaste a Elena.
El rostro de Alejandro perdió todo color.
Más de cuatrocientas personas habían visto la caída, sus amenazas y su confesión sobre Lucía.
Alejandro miró hacia el bosque, pensando en escapar. Sin embargo, los policías ya estaban rodeando la plataforma.
Elena consiguió ponerse de rodillas.
—Se acabó.
Alejandro la miró con odio.
—Tú también caerás. Esa memoria contiene transferencias hechas desde una cuenta a tu nombre.
Elena sintió que el suelo desaparecía bajo ella.
—¿Qué has dicho?
—Lucía utilizó tu identidad para ocultar dinero. Cuando la policía investigue, parecerás parte de la organización.
Un agente esposó a Alejandro, pero él continuó sonriendo.
—Creías que estabas revelando mi secreto. En realidad, acabas de destruir tu propia vida.
Elena observó la memoria en su mano.
Podía contener pruebas contra Alejandro, pero también documentos capaces de enviarla a prisión.
Durante el traslado al hospital, Sofía permaneció a su lado.
—¿Confiabas en tu hermana? —preguntó.
—Más que en nadie.
—Entonces busca la verdad antes de creerle a Alejandro.
Aquella noche, los investigadores revisaron el dispositivo.
Las transferencias existían. Millones de euros habían pasado por una cuenta abierta con el nombre y los documentos de Elena.
Pero el último vídeo contenía algo inesperado.
Lucía aparecía frente a la cámara, visiblemente asustada.
«Elena, si estás viendo esto, significa que no pude detenerlos. Alejandro abrió cuentas a tu nombre para convertirte en la culpable si alguna vez descubrías la verdad. No confíes en nadie de su empresa, excepto en Sofía. Ella sabe dónde están los documentos originales».
Elena miró a Sofía desde la cama del hospital.
La mujer bajó la cabeza.
—Lucía me pidió que te protegiera.
—¿Por qué no me dijiste nada?
—Porque Alejandro vigilaba cada uno de mis movimientos. Necesitaba que confesara delante de testigos.
Elena comprendió entonces por qué Sofía había seguido grabando y por qué no intervino inmediatamente cuando cayó al agua. Había esperado el momento en que Alejandro dejara de fingir.
—Podría haber muerto.
—Lo sé —respondió Sofía con lágrimas en los ojos—. Y jamás me perdonaré por haber esperado tantos segundos.
Tres semanas después, Alejandro fue acusado de fraude, corrupción, falsificación de identidad, intento de homicidio y participación en la muerte de Lucía. La transmisión del lago se convirtió en la prueba que destruyó todas sus coartadas.
Elena regresó una última vez al lugar.
Se detuvo frente al agua congelada, exactamente donde Alejandro la había empujado. En la mano llevaba una fotografía de Lucía.
—Ya saben la verdad —susurró.
Dejó la fotografía junto al borde y se dispuso a marcharse.
Entonces observó algo atrapado bajo la capa transparente de hielo.
Era un teléfono móvil.
El mismo que Alejandro había arrojado al lago.
Su pantalla continuaba encendiéndose débilmente. En ella aparecía una notificación enviada segundos antes de la detención:
«ELENA SOBREVIVIÓ. ACTIVA EL SEGUNDO PLAN».
El mensaje no estaba dirigido a Alejandro.
Había sido enviado desde su teléfono a una persona guardada bajo un solo nombre:
SOFÍA.
Elena levantó lentamente la mirada.
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A varios metros, junto al bosque, Sofía la observaba en silencio.
Y por primera vez desde aquella tarde, Elena comprendió que Alejandro quizá no era la persona más peligrosa que había estado junto al lago.