ABANDONARON A LA NOVIA EN UNA CUEVA LLENA DE SERPIENTES… PERO CUANDO LA MÁS GRANDE SE ACERCÓ A SU ROSTRO, EN VEZ DE MORDERLA BAJÓ LA CABEZA ANTE ELLA

—¿Por qué no me muerde…?
Lucía apenas podía respirar.
La cabeza negra de Sombra estaba a centímetros de su ojo.
La lengua del animal apareció una vez.
Después otra.
Lucía cerró los ojos.
Esperó el dolor.
Nada ocurrió.
Abrió lentamente los párpados.
La serpiente seguía allí.
Pero ya no levantaba la cabeza de forma amenazante.
Comenzó a bajarla.
Hasta tocar suavemente el barro frente a Lucía.
Daniel dejó de respirar.
—No puede ser…
Lucía giró la mirada hacia él.
—¿Qué?
El hombre dio un paso dentro de la cueva.
Adrián lo agarró del brazo.
—Daniel, no.
—Suéltame.
—Sabes lo que dijeron.
Daniel se liberó.
Lucía intentó incorporarse.
—¡¿Qué está pasando?!
Sombra se deslizó junto a su brazo.
No atacó.
Otra serpiente pasó sobre el borde de su vestido.
Lucía tembló.
Daniel señaló su cuello.
—El collar.
Lucía tocó instintivamente la cadena que llevaba bajo el encaje del vestido.
—¿Qué tiene?
—Sácalo.
—¿Por qué?
—Hazlo.
Lucía tiró de la cadena.
Apareció un pequeño medallón de plata.
Ovalado.
Antiguo.
Había pertenecido a su madre.
Sombra levantó inmediatamente la cabeza.
Las otras serpientes se detuvieron.
Lucía quedó inmóvil.
—Dios mío…
Daniel palideció.
—Es el mismo.
—¿El mismo qué?
—El medallón.
Lucía lo miró.
—Era de mi madre.
—Lo sé.
Silencio.
—¿Cómo lo sabes?
Daniel bajó la mirada.
—Porque mi familia se lo dio.
Lucía soltó una risa nerviosa.
—No entiendo nada.
—Tu madre estuvo aquí.
Lucía dejó de respirar.
—Mi madre murió hace quince años.
—Eso te dijeron.
—La vi en el hospital.
—Viste una mujer conectada a máquinas.
—Era ella.
Daniel negó.
—No.
Lucía sintió que el miedo a las serpientes desaparecía por un instante.
—¿Quién era?
Daniel no respondió.
—¡Daniel!
—Su hermana.
Lucía quedó helada.
—Mi madre no tenía hermana.
—Tenía una gemela.
La cueva pareció encogerse.
—Estás mintiendo.
—Ojalá.
Lucía intentó levantarse.
Sombra se movió delante de ella.
La joven se paralizó.
Daniel habló con calma.
—No hagas movimientos bruscos.
—¡Estoy rodeada de serpientes!
—No quieren hacerte daño.
Lucía lo miró con odio.
—¿Y tú cómo lo sabes?
Daniel observó a Sombra.
—Porque llevan treinta años esperando a alguien que lleve ese medallón.
Silencio.
Adrián intervino:
—Ya es suficiente.
Daniel se volvió.
—No.
—Tu padre dijo que no debías contarle nada.
—Mi padre lleva veinte años mintiendo.
Lucía miró a los tres hombres.
—¿Quién es tu padre?
Daniel respondió:
—Esteban Vega.
El nombre le resultaba familiar.
Demasiado familiar.
—Vega…
Lucía pensó.
Su boda.
Horas antes.
El hombre que debía haberse convertido en su suegro.
—Esteban es el padre de Alejandro.
Daniel cerró los ojos.
—Sí.
Lucía palideció.
—Entonces tú eres…
—Su hermano.
—Alejandro nunca me habló de ti.
—Porque cree que estoy muerto.
Lucía retrocedió sobre el barro.
—Esto es una locura.
—No.
Daniel se acercó otro paso.
—La locura comenzó cuando decidiste casarte con él.
Lucía lo miró.
—¿Alejandro me hizo esto?
Daniel tardó demasiado.
—Contesta.
—No sabe que estás aquí.
—Entonces ¿quién me trajo?
Adrián miró hacia Marcos.
Marcos bajó la cabeza.
Lucía lo vio.
—Tú.
Marcos no respondió.
—¡Tú me trajiste!
—Recibí órdenes.
—¿De quién?
Silencio.
Sombra empezó a deslizarse hacia el fondo de la cueva.
Las demás serpientes la siguieron.
Una tras otra.
Como si obedecieran una señal invisible.
Lucía las observó.
—¿Adónde van?
Daniel miró hacia la oscuridad.
—Al santuario.
—¿Qué santuario?
—El lugar que tu madre intentó destruir.
Lucía sintió un escalofrío.
—Quiero salir.
Daniel negó.
—Primero tienes que ver algo.
—No voy a seguirte.
Sombra se detuvo a varios metros.
Giró la cabeza.
Esperó.
Lucía miró al animal.
—Parece que quiere que vaya.
Daniel respondió:
—Exactamente.
El túnel era estrecho.
Lucía caminaba descalza.
Daniel iba delante.
Adrián y Marcos detrás.
Las serpientes avanzaban por las grietas y los bordes del camino.
Ninguna se acercaba agresivamente.
Después de varios minutos llegaron a una cámara enorme.
Lucía se quedó inmóvil.
En las paredes había fotografías.
Decenas.
Quizá cientos.
Mujeres.
Hombres.
Niños.
Fechas.
Nombres.
Y en el centro, una fotografía mucho más grande.
Una mujer joven.
Lucía dejó de respirar.
—Mamá…
Era Elena Herrera.
Su madre.
Más joven.
Sonriendo.
Con Sombra enrollada alrededor de sus brazos.
—No.
Lucía se acercó.
—Mi madre tenía terror a las serpientes.
Daniel respondió:
—Eso también era mentira.
Lucía se giró.
—¿Quién era realmente?
—Bióloga.
—Trabajaba en una escuela.
—Después.
Daniel señaló las imágenes.
—Antes dirigía este lugar.
—¿Qué era?
—Un centro de investigación.
Lucía observó las paredes.
—¿Sobre serpientes?
—En parte.
—¿Y lo demás?
Daniel permaneció callado.
Lucía encontró un documento antiguo.
PROYECTO SOMBRA.
Debajo había una fotografía del mismo medallón que llevaba al cuello.
—¿Qué significa esto?
Daniel respondió:
—Las serpientes fueron entrenadas para identificar un compuesto químico.
—¿Qué compuesto?
—Uno que tu madre llevaba siempre consigo.
Lucía miró el medallón.
—¿Dentro?
—Sí.
Lo abrió.
Nunca antes había conseguido hacerlo.
Había un pequeño compartimento.
Dentro, una sustancia seca.
Casi transparente.
Lucía palideció.
—Por eso no me atacaron.
—Te reconocieron.
—No a mí.
Daniel asintió.
—A Elena.
Lucía cerró el medallón.
—Entonces ¿por qué me trajisteis?
Marcos habló:
—Para saber si era auténtico.
Daniel se giró bruscamente.
—Cállate.
Demasiado tarde.
Lucía lo entendió.
—¿Me usasteis?
Nadie respondió.
—¡Me dejaron tirada entre serpientes para comprobar una joya!
Daniel se acercó.
—Necesitábamos estar seguros.
Lucía le dio una bofetada.
El sonido resonó en la cámara.
Adrián dio un paso.
Daniel levantó la mano.
—Déjala.
Lucía tenía lágrimas en los ojos.
—Mi boda…
—Lo sé.
—Alejandro estará buscándome.
Daniel bajó la mirada.
—No.
—¿Qué?
—Alejandro también desapareció.
Lucía quedó inmóvil.
—¿Cuándo?
—Hace dos horas.
—Eso fue antes de que me trajeran aquí.
—Sí.
—Entonces ¿dónde está?
Daniel señaló otra puerta de piedra.
—Eso intentamos descubrir.
Lucía sintió frío.
—¿Está aquí?
—No lo sabemos.
Sombra comenzó a golpear suavemente la cola contra una caja metálica.
Lucía miró.
—¿Qué hace?
Daniel palideció.
—Nunca había hecho eso.
Abrieron la caja.
Dentro había una cámara pequeña.
Un teléfono.
Y una alianza.
Lucía reconoció el anillo.
—Alejandro.
Lo tomó.
Había sangre seca en un borde.
Muy poca.
Pero suficiente.
—No…
Daniel cogió el teléfono.
La pantalla todavía funcionaba.
Había un vídeo.
Fecha: esa misma mañana.
Lucía pulsó reproducir.
Alejandro apareció.
Vestido para la boda.
—Lucía, si ves esto, significa que no conseguí volver.
Ella comenzó a llorar.
—Alejandro…
La grabación continuó:
—No confíes en mi padre.
Daniel se quedó inmóvil.
—Lo sabía.
Alejandro siguió:
—Y tampoco confíes en Daniel.
Lucía levantó lentamente la cabeza.
Daniel perdió el color.
—No.
El vídeo continuó:
—Mi hermano está vivo. Pero ya no sé para quién trabaja.
Lucía retrocedió.
Adrián y Marcos se separaron de Daniel.
—Lucía, escucha.
—No te acerques.
—Alejandro no entiende.
—¡Ha dicho que no confíe en ti!
Daniel apretó los puños.
—Porque todavía cree que nuestro padre intenta protegerlo.
—¿Y no?
—Esteban creó este lugar.
Lucía quedó inmóvil.
—¿Qué?
—Tu madre no lo dirigía.
Daniel negó.
—Intentaba cerrarlo.
La grabación de Alejandro terminó con una última frase:
—Busca la pared con los doce nombres. Elena dejó allí la verdad.
Todos miraron alrededor.
Lucía encontró una pared lateral.
Doce placas.
Doce nombres.
Uno era Elena Herrera.
Otro:
ESTEBAN VEGA.
Otro:
DANIEL VEGA.
Otro:
ALEJANDRO VEGA.
Y el último…
Lucía sintió que el cuerpo se le congelaba.
LUCÍA HERRERA.
—¿Por qué está mi nombre aquí?
Daniel parecía igual de sorprendido.
—No debería.
Sombra se acercó a la placa de Lucía.
Rozó con el hocico una pequeña grieta.
Lucía introdujo los dedos.
La piedra cedió.
Había una memoria USB.
Y una fotografía.
Lucía la sacó.
Dos mujeres idénticas sostenían bebés.
Una era Elena.
La otra debía ser su gemela.
Detrás de cada una había un hombre.
Esteban detrás de Elena.
Y un desconocido detrás de la hermana.
Lucía giró la fotografía.
Había cuatro nombres:
ELENA. SOFÍA. ALEJANDRO. LUCÍA.
Lucía dejó de respirar.
—Sofía…
Daniel miró la imagen.
—La hermana gemela de tu madre.
Lucía señaló los bebés.
—Entonces uno es Alejandro.
Daniel asintió.
—Sí.
—¿Y el otro?
Daniel miró a Lucía.
—Tú.
Silencio.
—No.
—Lucía…
—Mi madre era Elena.
Daniel negó.
—Elena te crió.
Lucía sintió que el suelo desaparecía.
—Entonces mi madre biológica era Sofía.
—Sí.
—¿Dónde está?
Daniel cerró los ojos.
—Desapareció la noche que naciste.
Lucía miró la pared.
—¿Quién es mi padre?
Nadie respondió.
De repente se escucharon pasos.
Desde un túnel lateral.
Lentos.
Firmes.
Sombra levantó la cabeza.
Las demás serpientes se movieron hacia la entrada.
Daniel palideció.
—Apaga la luz.
Demasiado tarde.
Un hombre apareció.
Traje oscuro.
Cabello blanco.
Esteban Vega.
Lucía dejó de respirar.
—Tú…
Esteban sonrió.
—Por fin.
Daniel se colocó delante de ella.
—No te acerques.
Esteban miró a su hijo.
—Sigues interpretando al héroe.
—¿Dónde está Alejandro?
—Seguro.
—¿Dónde?
Esteban ignoró la pregunta.
Miró a Lucía.
—Llevas el medallón.
Ella lo agarró.
—No te lo daré.
—No he venido por él.
—Entonces ¿por qué?
Esteban sonrió.
—Por ti.
Daniel dio un paso.
—No.
Esteban señaló la fotografía.
—¿Ya se lo has contado?
Lucía gritó:
—¡¿Quién es mi padre?!
Esteban permaneció en silencio.
—¡Dímelo!
Él se acercó un paso.
Sombra siseó.
Esteban se detuvo.
—Tu padre está aquí.
Lucía miró a Daniel.
Luego a Adrián.
Marcos.
Esteban negó.
—No ellos.
Una segunda figura apareció detrás.
Un hombre con traje de novio.
Manos atadas.
Rostro golpeado.
Alejandro.
—¡Lucía!
Ella corrió hacia él.
Daniel la sujetó.
—Espera.
Esteban sonrió.
—Tu prometido está bien.
Lucía lloró.
—Suéltalo.
—Lo haré.
—¿Qué quieres?
Esteban miró el medallón.
—Que abras la puerta.
—¿Qué puerta?
Señaló la pared de las doce placas.
—La que tu madre selló hace veintiséis años.
Lucía miró hacia allí.
Sombra comenzó a deslizarse.
Una de las piedras se movió.
Detrás apareció una enorme puerta metálica.
En el centro tenía exactamente la misma forma que el medallón.
Lucía retrocedió.
—¿Qué hay detrás?
Esteban respondió:
—La razón por la que Sofía desapareció.
—¿Mi madre?
—Sí.
—¿Está muerta?
Esteban sonrió.
—Eso depende de qué entiendas por desaparecida.
Lucía sintió un escalofrío.
—Ábrela —ordenó Esteban.
—No.
Alejandro gritó:
—¡Lucía, no lo hagas!
Esteban lo empujó hacia delante.
Sombra se interpuso.
Por primera vez, la gran serpiente abrió la boca frente a Esteban.
El hombre palideció.
Lucía lo vio.
—Le tienes miedo.
Esteban no respondió.
—¿Por qué?
Daniel entendió.
—Porque las serpientes también lo recuerdan.
Lucía miró a Sombra.
Luego a Esteban.
—¿Qué hiciste aquí?
El anciano perdió la sonrisa.
Sombra comenzó a deslizarse hacia él.
Esteban retrocedió.
Y entonces, desde detrás de la puerta sellada, alguien golpeó tres veces.
Toc.
Toc.
Toc.
Todos quedaron inmóviles.
Lucía miró a Esteban.
—Hay alguien ahí.
El anciano estaba completamente blanco.
Otra vez.
Toc.
Toc.
Toc.
Y una voz femenina, débil pero clara, atravesó el metal:
—Lucía…
A la joven se le detuvo el corazón.
—¿Quién eres?
Hubo un silencio.
Después la voz respondió:
—Soy Sofía.
Lucía empezó a llorar.
—Mamá…
Pero la mujer detrás de la puerta añadió una frase que hizo que incluso Daniel retrocediera:
—No abras.
Lucía se quedó inmóvil.
—¿Por qué?
Sombra levantó la cabeza.
La voz respondió:
—Porque Esteban no te ha traído para sacarme a mí.
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Pausa.
—Te ha traído para encerrar algo que está intentando salir.